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Cecilia Valdés o la Loma del Ángel
Language: es2,057 downloads on Project Gutenberg
Subjects
In: 6 Best Loved Spanish Literary Classics·Historical Novels·Novels
Public-domain ebook sourced from Project Gutenberg #28281.
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La obra es una novela histórica de Cirilo Villaverde que se sitúa en la Cuba colonial entre 1812 y 1831, y que desde el propio prólogo se presenta como un retrato amplio de la vida cubana: sus estructuras políticas, la economía esclavista, la discriminación racial y la decadencia de la aristocracia española. El texto abre con una descripción nocturna de la calle de Compostela, donde una calesa tirada por mulas avanza bajo la tenue luz de las estrellas, introduciendo a un caballero de frac negro cuya figura se perfila entre sombras y detalles de vestimenta. Así, el lector se adentra de inmediato en un ambiente cargado de simbolismo y de la atmósfera social que el autor pretende describir.
El estilo combina un lenguaje que oscila entre arcaísmos rebuscados y expresiones populares, reflejando la transición del romanticismo al realismo que marcó la literatura del siglo XIX. La voz narradora es exhaustiva y a veces digresiva, con un tono crítico que denuncia las injusticias de la época. A quienes les atraen los retratos socioculturales, los estudios de la esclavitud y la política colonial, y los lectores que disfrutan de una prosa densa y de la ambientación minuciosa, les resultará estimulante sumergirse en esta novela, pese a sus imperfecciones estructurales.
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Regresó a La Habana en 1858, acogido a la amnistía. Aquí trabajó al frente de la imprenta La Antilla, que publicara algunas obras de interés para nuestras letras, como los artículos de costumbres de Anselmo Suárez y Romero, y colaboró en el periódico literario La Habana en compañía de Sterling y Calcagno, con importantes juicios críticos sobre Betancourt y otros contemporáneos. Volvió poco después a Nueva York, donde continuó sus labores de maestro y periodista. Fue entonces redactor de La América (1861-62), La Ilustración Americana (1865-1869), El Espejo y El Avisador Hispanoamericano. En 1864 fundó con su mujer un colegio en Wechawken. Durante esta segunda estancia en los Estados Unidos continuó luchando por la independencia de Cuba, como muchos otros cubanos de su tiempo. Sólo regresó a la Isla en 1888 por dos semanas.
Murió en Nueva York el 20 de octubre de 1894. Su figura al morir contaba con la admiración y el reconocimiento de sus contemporáneos por su doble condición de patriota y novelista.
La novela que consolidó su fama literaria fue Cecilia Valdés o La loma del Ángel, publicada en su forma definitiva en Nueva York en 1882. Ninguna de sus obras anteriores respondió a empeño tan elevado ni despertó como ésta el entusiasmo del público y la crítica. En ella Villaverde recoge el panorama de la vida cubana desde 1812 hasta 1831. Muestra sus categorías políticas, sociales y económicas y las terribles lacras que padecían. La obra, con sus clases poderosas y sus clases oprimidas, con sus funcionarios venales y su burguesía indolente, con sus mulatos discriminados y sus negros esclavos, con sus familias enriquecidas por el régimen esclavista y sus aristócratas de blasones comprados a la decrépita monarquía española, sirve de esclarecedor prólogo a nuestra historia republicana.
El ambiente de esta época colonial, trasladado con amplitud y minuciosidad a las abundosas páginas del libro, es lo decisivo en la obra, lo que determina su vigencia en la apreciación de los críticos. Porque Cecilia Valdés está muy lejos de ser una obra perfecta. El autor explica en el prólogo su proceso de creación; proceso que indudablemente resintió el saldo final del trabajo. El asunto central--drama de amor, celos, venganza y muerte--apenas difiere de los usuales en los folletines de la época; los personajes en su mayoría no trascienden de los rasgos externos; la acción es desarticulada y digresiva, hurtada a la historia y los personajes principales por criaturas y sucesos de menor cuantía; el estilo, híbrido, plagado de debilidades románticas entre las que alborean atisbos realistas; el lenguaje, oscilante entre el arcaísmo más rebuscando y el espontáneo giro popular nuestro; el desenlace, atropellado, en contradicción con las dimensiones de la narración.
Pero Cecilia Valdés es en nuestra historia literaria, a pesar de esas abundantes y graves deficiencias, la mejor creación novelística del siglo XIX.
Muchos cubanos de hoy la conocen a través de la adaptación teatral de Agustín Rodríguez y José Sánchez Arcilla, musicalizada admirablemente por Gonzalo Roig; versión que necesariamente fue vertebrada con la historia de los protagonistas. Despojado del lujo descriptivo de su ambiente, el asunto resulta endeble y melodramático. Esta aplaudida adaptación confirma que lo fundamental en Cecilia Valdés es el ambiente. Su costumbrismo, de vigorosa indagación política, social y económica, es el que atenúa sus defectos y sitúa a la obra en las puertas de la novelística realista.
Lejos de Cuba y sin esperanza de volver a ver su sol, sus flores, ni sus palmas, ¿a quién, sino a vosotras, caras paisanas, reflejo del lado más bello de la patria, pudiera consagrar, con más justicia, estas tristes páginas?
Publiqué el primer tomo de esta novela, en la Imprenta Literaria de don Lino Valdés a mediados del año de 1839. Contemporáneamente empecé la composición del segundo tomo, que debía completarla; pero no trabajé mucho en él, tanto porque me trasladé poco después a Matanzas como uno de los maestros del colegio de La Empresa, fundado recientemente en dicha ciudad, cuanto porque una vez allí, emprendí la composición de otra novela, La joven de la flecha de oro, que concluí e imprimí en un volumen el año de 1841.
De vuelta en la capital el año de 1842, sin abandonar el ejercicio del magisterio, entré a formar parte de la redacción de El Faro Industrial, al que consagré todos los trabajos literarios y novelescos que se siguieron casi sin interrupción hasta mediados de 1848. En sus columnas, entre otros muchos escritos de diverso género, aparecieron en la forma de folletines:--_El Ciego y su Perro_; La Excursión a La Vuelta Bajo; La Peineta Calada; El Guajiro; Dos Amores; El Misionero del Caroní; El Penitente, etc.
Pasada la media noche del 20 de octubre del último año citado, fui sorprendido en la cama y preso, con gran golpe de soldados y alguaciles por el comisario del barrio de Monserrate, Barreda; y conducido a la cárcel pública, de orden del Capitán General de la Isla, don Federico Roncaly.
Encerrado cual fiera en una oscura y húmeda bartolina, permanecí seis meses consecutivos, al cabo de los cuales, después de juzgado y condenado a presidio por la Comisión Militar Permanente como conspirador contra los derechos de la corona de España, logré evadirme el 4 de abril de 1849, en unión de don Vicente Fernández Blanco, reo de delito común y del llavero de la cárcel García Rey; quien de allí a poco fue causa de una grave dificultad entre los gobiernos de España y de los Estados Unidos. Por extraña casualidad los tres salimos juntos en barco de vela del puerto de La Habana; pero nuestra compañía sólo duró hasta la ría de Apalachicola, en la costa meridional de Florida, desde donde me encaminé por tierra a Savannah y Nueva York.
Fuera de Cuba, reformé mi género de vida: troqué mis gustos literarios por más altos pensamientos; pasé del mundo de las ilusiones, al mundo de las realidades; abandoné, en fin, las frívolas ocupaciones del esclavo en tierra esclava, para tomar parte en las empresas del hombre libre en tierra libre. Quedáronse allá mis manuscritos y libros, que si bien recibí algún tiempo después, ya no me fue dado hacer nada con ellos; puesto que primero como redactor de La Verdad, periódico separatista cubano, luego como secretario militar del general Narciso López, llevé vida muy activa y agitada, ajena por demás a los estudios y trabajos sedentarios.
Con el fracaso de la expedición de Cárdenas en 1850, el desastre de la invasión de las Pozas y la muerte del ilustre caudillo de nuestra intentona revolucionaria en 1851, no cesaron, antes revivieron nuevos proyectos de libertar a cuba, que venían acariciando los patriotas cubanos desde muy al principio del presente siglo. Todos, sin embargo, cual los anteriores terminaron en desastres y desgracias por el año de 1854.
En 1858 me hallaba en La Habana tras nueve años de ausencia. Reimpresa entonces mi novela Dos Amores, en la imprenta del señor Próspero Massana, por consejo suyo acometí la empresa de revisar, mejor todavía, de refundir la otra novela, Cecilia Valdés, de la cual sólo existía impreso el primer tomo y manuscrita una pequeña parte del segundo. Había trazado el nuevo plan hasta sus más menudos detalles, escrito la advertencia y procedía al desarrollo de la acción, cuando tuve de nuevo que abandonar la patria.
Las vicisitudes que se siguieron a esta segunda expatriación voluntaria, la necesidad de proveer a la subsistencia de familia en país extranjero, la agitación política que desde 1865 empezó a sentirse en Cuba, las tareas periodísticas que luego emprendí, no me concedieron ánimo ni vagar para entregarme a la obra larga, sin expectativa de lucro inmediato, y por lo mismo tediosa--que demandaba el expurgo, ensanche y refundición de la más voluminosa y complicada de mis obras literarias.
Tras la nueva agitación de 1865 a 1868 vino la revolución del último año nombrado y la guerra sangrienta por una década en Cuba, acompañada de las escenas tumultuosas de los emigrados cubanos en todos los países circunvecinos a ella, especialmente en Nueva York. Como antes y como siempre, troqué las ocupaciones literarias por la política militante, siendo así que acá desplegaban la pluma y la palabra al menos la misma vehemencia que allá el rifle y el machete.
Durante la mayor parte de esa época de delirio y de sueños patrióticos, durmió, por supuesto, el manuscrito de la novela. ¿Qué digo? no progresó más allá de una media decena de capítulos, trazados a ratos perdidos, cuando el recuerdo de la patria empapada en la sangre de sus mejores hijos, se ofrecía en todo su horror y toda su belleza y parecía que demandaba de aquéllos que bien y mucho la amaban, la fiel pintura de su existencia bajo el triple punto de vista físico, moral y social, antes que su muerte o su exaltación a la vida de los pueblos libres, cambiaran enteramente los rasgos característicos de su anterior fisonomía.
De suerte, que en ningún sentido puede decirse con verdad que he empleado cuarenta años (período cursado de 1839 a la fecha) en la composición de la novela. Cuando me resolví a concluirla, habrá dos o tres años, lo más que he podido hacer ha sido despachar un capítulo, con muchas interrupciones, cada quince días, a veces cada mes, trabajando algunas horas entre semana y todo el día los domingos.
Con esta manera de componer obras de imaginación, no es fácil mantener constante el interés de la narrativa, ni siempre animada y unida la acción, ni el estilo parejo y natural, ni el tono templado y sostenido que exigen las producciones del género novelesco. Y tal es uno de los motivos que me impelen a hablar de la novela y de mí.
El otro es, que después de todo, me ha salido el cuadro tan sombrío y de carácter tan trágico, que, cubano como soy hasta la médula de los huesos y hombre de moralidad, siento una especie de temor o vergüenza presentarlo al público sin una palabra explicativa de disculpa. Harto se me alcanza que los extraños, dígase, las personas que no conozcan de cerca las costumbres ni la época de la historia de Cuba que he querido pintar, tal vez crean que escogí los colores más oscuros y sobrecargué de sombras el cuadro por el mero placer de causar efecto a la Rembrandt, o a la Gustavo Doré. Nada más distante de mi mente. Me precio de ser, antes que otra cosa, escritor realista, tomando esta palabra en el sentido artístico que se le da modernamente.
Hace más de treinta años que no leo novela ninguna, siendo Walter Scott y Manzoni los únicos modelos que he podido seguir al trazar los variados cuadros de Cecilia Valdés. Reconozco que habría sido mejor para mi obra que yo hubiese escrito un idilio, un romance pastoril, siquiera un cuento por el estilo de _Pablo y Virginia_[1] o de Atala y Renato;[2] pero esto, aunque más entretenido y moral, no hubiera sido el retrato de ningún personaje viviente, ni la descripción de las costumbres y pasiones de un pueblo de carne y hueso, sometido a especiales leyes políticas y civiles, imbuido en cierto orden de ideas y rodeado de influencias reales y positivas. Lejos de inventar o de fingir caracteres y escenas fantasiosas e inverosímiles, he llevado el realismo, según entiendo, hasta el punto de presentar los principales personajes de la novela con todos sus pelos y señales, como vulgarmente se dice, vestidos con el traje que llevaron en vida, la mayor parte bajo su nombre y apellido verdaderos, hablando el mismo lenguaje que usaron en las escenas históricas en que figuraron, copiando en lo que cabía, d'après nature,[3] su fisonomía física y moral, a fin de que aquéllos que los conocieron de vista o por tradición, los reconozcan sin dificultad y digan cuando menos: el parecido es innegable.
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