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Insolación y Morriña (Dos historias amorosas)
by Pardo Bazán, Emilia, condesa de
Language: es6,751 downloads on Project Gutenberg
Subjects
Public-domain ebook sourced from Project Gutenberg #52597.

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Insolación y Morriña, de Emilia Pardo Bazán, es una obra de ficción romántica del siglo XIX que se abre con una intensa descripción del despertar de una mujer que, tras una noche de fiebre y jaqueca, experimenta una claridad mental que contrasta con la confusión de su alma. El texto, cargado de reflexiones sobre el cuerpo, la conciencia y la influencia del sol, introduce a la protagonista, Asís, mientras lucha contra la sensación de que su interior se ha convertido en una “célula” de examen de conciencia. A través de diálogos internos y una voz que se dirige a un dios inexistente, la narración despliega una serie de pensamientos sobre la culpa, la moral y la vida social, preparando el terreno para los debates que seguirán en los círculos de la alta sociedad madrileña.
El estilo de Pardo Bazán combina un lenguaje exuberante y una prosa barroca propia de la literatura española del siglo XIX, con monólogos introspectivos y agudas observaciones sociales. La voz, a la vez irónica y melancólica, revela una autora que domina la ironía y la crítica de costumbres, mientras explora las pasiones y los prejuicios de su tiempo. Este relato atraerá a lectores interesados en la literatura romántica española, en la psicología de personajes femeninos complejos y en la representación de las tertulias aristocráticas del siglo XIX, así como a quienes disfrutan de una prosa rica en matices y de debates sobre la identidad y la moralidad.
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La jaqueca, que ya se sabe cómo es de caprichosa y maniática, se había marchado por la posta desde que llegara al estómago la taza de tila; la calentura cedía, y las bascas iban aplacándose... Sí, lo que es el cuerpo se encontraba mejor, infinitamente mejor; pero, ¿y el alma? ¿Qué procesión le andaba por dentro á la señora?
No cabe duda: si hay una hora del día en que la conciencia goza todos sus fueros, es la del despertar. Se distingue muy bien de colores después del descanso nocturno y el paréntesis del sueño. Ambiciones y deseos, afectos y rencores se han desvanecido entre una especie de niebla; faltan las excitaciones de la vida exterior; y así como después de un largo viaje parece que la ciudad de donde salimos hace tiempo no existe realmente, al despertar suele figurársenos que las fiebres y cuidados de la víspera se han ido en humo y ya no volverán á acosarnos nunca. Es la cama una especie de celda donde se medita y hace examen de conciencia, tanto mejor cuanto que se está muy á gusto, y ni la luz ni el ruido distraen. Grandes dolores de corazón y propósitos de la enmienda suelen quedarse entre las mantas.
Unas miajas de todo esto sentía la señora; sólo que á sus demás impresiones sobrepujaba la del asombro.--«¿Pero es de veras? ¿Pero me ha pasado eso? Señor Dios de los ejércitos, ¿lo he soñado ó no? Sácame de esta duda.»--Y aunque Dios no se tomaba el trabajo de responder negando ó afirmando, aquello que reside en algún rincón de nuestro ser moral y nos habla tan categóricamente como pudiera hacerlo una voz divina, contestaba:--«Grandísima hipócrita, bien sabes tú como fué: no me preguntes, que te diré algo que te escueza.»
--Tiene razón la Diabla: ayer atrapé un soleado y para mí, el sol... matarme. ¡Este chicharrero de Madrid! ¡El veranito y su alma! Bien empleado, por meterme en avisperos. A estas horas debía yo andar por mi tierra...
Doña Francisca Taboada se quedó un poquitín más tranquila desde que pudo echarle la culpa al sol. A buen seguro que el astro-rey dijese esta boca es mía protestando, pues aunque está menos acostumbrado á las acusaciones de galeotismo que la luna, es de presumir que las acoja con igual impasibilidad é indiferencia.
--De todos modos--arguyó la voz inflexible,--confiesa, Asís, que si no hubieses tomado más que sol... Vamos, á mí no me vengas tú con historias, que ya sabes que nos conocemos... ¡como que andamos juntos hace la friolera de treinta y dos abriles! Nada, aquí no valen subterfugios... Y tampoco sirve alegar que si fué inesperado, que si parece mentira, que si patatín, que si patatán... Hija de mi corazón, lo que no sucede en un año sucede en un día. No hay que darle vueltas. Tú has sido hasta la presente una señora intachable; bien; una perfecta viuda; conformes; te has llevado en peso tus dos añitos de luto (cosa tanto más meritoria cuanto que, seamos francos, últimamente ya necesitabas alguna virtud para querer á tu tío, esposo y señor natural, el insigne marqués de Andrade, con sus bigotes pintados y sus achaques, fístulas ó lo que fuesen); á pesar de tu genio animado y tu afición á las diversiones, en veinticuatro meses no se te ha visto el pelo sino en la iglesia ó en casa de tus amigas íntimas; convenido; has consagrado largas horas al cuidado de tu niña y eres madre cariñosa; nadie lo niega; te has propuesto siempre portarte como una señora, disfrutar de tu posición y tu independencia, no meterte en líos ni hacer contrabando; lo reconozco; pero... ¿qué quieres, mujer? te descuidaste un minuto, incurriste en una chiquillada (porque fué una chiquillada, pero chiquillada del género atroz, convéncete de ello) y por cuanto viene el demonio y la enreda y te encuentras de patitas en la gran trapisonda... No andemos con sol por aquí y calor por allá. Disculpas de mal pagador. Te falta hasta la excusa vulgar, la del cariñito y la pasioncilla... Nada, chica, nada. Un pecado gordo en frío, sin circunstancias atenuantes y con ribetes de desliz chabacano. ¡Te luciste!
Ante estos argumentos irrefutables cedía la acción bienhechora de la tila, y Asís iba experimentando otra vez terrible desasosiego y sofoco. El barreno que antes le taladraba la sien, se había vuelto sacacorchos, y haciendo hincapié en el occipucio, parecía que enganchaba los sesos á fin de arrancarlos igual que el tapón de una botella. Ardía la cama y también el cuerpo de la culpable, que, como un San Lorenzo en sus parrillas, daba vueltas y más vueltas en busca de rincones frescos, al borde del colchón. Convencida de que todo abrasaba igualmente, Asís brincó de la cama abajo, y blanca y silenciosa como un fantasma entre la penumbra de la alcoba, se dirigió al lavabo, torció el grifo del depósito, y con las yemas de los dedos empapadas en agua, se humedeció frente, mejillas y nariz; luego se refrescó la boca, y por último se bañó los párpados largamente, con fruición; hecho lo cual, creyó sentir que se le despejaban las ideas y que la punta del barreno se retiraba poquito á poco de los sesos. ¡Ay, qué alivio tan rico! A la cama, á la cama otra vez, á cerrar los ojos, estarse quietecita y callada y sin pensar en cosa ninguna...
Sí, á buena parte. ¿No pensar dijiste? Cuanto más se aquietaban los zumbidos y los latidos, y la jaqueca y la calentura, más nítidos y agudos eran los recuerdos, más activas y endiabladas las cavilaciones.
--Si yo pudiese rezar--discurrió Asís.--No hay para esto de conciliar el sueño como repetir una misma oración de carretilla.
Intentólo en efecto; mas si por un lado era soporífera la operación, por otro agravaba las inquietudes y resquemores íntimos de la señora. Bonito se pondría el Padre Urdax cuando tocasen á confesarse de aquella cosa inaudita y estupenda. ¡Él, que tanto se atufaba por menudencias de escotes, infracciones de ayuno, asistencia á saraos en cuaresma, mermas de misa y otros pecadillos que trae consigo la vida mundana en la corte! ¿Qué circunloquios serían más adecuados para atenuar la primer impresión de espanto y la primer filípica? Sí, sí ¡circunloquios al Padre Urdax! ¡Él, que lo preguntaba todo derecho y claro, sin pararse en vergüenzas ni en reticencias! ¡Con aquel geniazo de pólvora y aquella manga estrechita que gastaba! Si al menos permitiese explicar la cosa desde un principio, bien explicada, con todas las aclaraciones y notas precisas para que se viese la fatalidad, la serie de circunstancias que... Pero, ¿quién se atreve á hacer mérito de ciertas disculpas ante un jesuíta tan duro de pelar y tan largo de entendederas? Esos señores quieren que todo sea virtud á raja tabla, y no entienden de componendas ni de excusas. Antes parece que se les tachaba de tolerantísimos: no, pues lo que es ahora...
No obstante el triste convencimiento de que con el Padre Urdax sería perder tiempo y derrochar saliva todo lo que no fuese decir acúsome, acúsome, Asís, en la penumbra del dormitorio, entre el silencio, componía mentalmente el relato que sigue, donde claro está que no había de colocarse en el peor lugar, sino paliar el caso: aunque, señores, ello admitía bien pocos paliativos.
Hay que tomarlo desde algo atrás y contar lo que pasó, ó por mejor decir, lo que se charló anteayer en la tertulia semanal de la duquesa de Sahagún, á la cual soy asidua concurrente. También la frecuenta mi paisano el comandante de artillería Don Gabriel Pardo de la Lage, cumplido caballero, aunque un poquillo inocentón, y sobre todo muy estrafalario y bastante pernicioso en sus ideas, que á veces sostiene con gran calor y terquedad, si bien las más noches le da por acoquinarse y callar ó jugar al tresillo, sin importársele de lo que pasa en nuestro corro. No obstante, desde que yo soy obligada todos los miércoles, notan que Don Gabriel se acerca más al círculo de las señoras y gusta de armar pendencia conmigo y con la dueña de la casa; por lo cual hay quien asegura que no le parezco saco de paja á mi paisano, aun cuando otros afirman que está enamorado de una prima ó sobrina suya, acerca de quien se refieren no sé que historias raras. En fin, el caso es que disputando y peleándonos siempre, no hacemos malas migas el comandante y yo. ¡Qué malas migas! A cada polémica que armamos, parece aumentar nuestra simpatía, como si sus mismas genialidades morales (no sé darles otro nombre) me fuesen cayendo en gracia y pareciéndome indicio de cierta bondad interior... Ello va mal expresado..., pero yo me entiendo.
Pues anteayer (para venir al asunto) estuvo el comandante desde los primeros momentos muy decidor y muy alborotado, haciéndonos reir con sus manías. Le sopló la ventolera de sostener una vulgaridad: que España es un país tan salvaje como el Africa central, que todos tenemos sangre africana, beduina, árabe ó qué sé yo, y que todas esas músicas de ferrocarriles, telégrafos, fábricas, escuelas, ateneos, libertad política y periódicos, son en nosotros postizas y como pegadas con goma, por lo cual están siempre despegándose, mientras lo verdaderamente nacional y genuino, la barbarie subsiste, prometiendo durar por los siglos de los siglos. Sobre esto se levantó el caramillo que es de suponer. Lo primero que le repliqué fué compararlo á los franceses, que creen que sólo servimos para bailar el bolero y repicar las castañuelas; y añadí que la gente bien educada era igual, idéntica, en todos los países del mundo.
--Pues mire V., eso empiezo por negarlo--saltó Pardo con grandísima fogosidad.--De los Pirineos acá, todos, sin excepción, somos salvajes, lo mismo las personas finas que los tíos; lo que pasa es que nosotros lo disimulamos un poquillo más, por vergüenza, por convención social, por conveniencia propia; pero que nos pongan el plano inclinado, y ya resbalaremos. El primer rayito de sol de España--este sol con que tanto nos muelen los extranjeros y que casi nunca está en casa, porque aquí llueve lo propio que en París, que ese es el chiste...
--No lo niego, ¡qué he de negarlo! Por lo mismo que suele embozarse bien en invierno, de miedo á las pulmonías, en verano lo tienen Vds. convirtiendo á Madrid en sartén ó caldera infernal, donde nos achicharramos todos... Y claro, no bien asoma, produce una fiebre y una excitación endiabladas... Se nos sube á la cabeza, y entonces es cuando se nivelan las clases ante la ordinariez y la ferocidad general.
--Vamos, ya pareció aquello. V. lo dice por las corridas de toros.
En efecto, á Pardo le da muy fuerte eso de las corridas. Es uno de sus principales y frecuentes asuntos de sermón. En tomando la ampolleta sobre los toros, hay que oirle poner como digan dueñas á los partidarios de tal espectáculo, que él considera tan pecaminoso como el Padre Urdax, los bailes de Piñata y las representaciones del Demi-monde y Divorciémonos. Sale á relucir aquello de las tres fieras, toro, torero y público; la primera, que se deja matar porque no tiene más remedio; la segunda, que cobra por matar; la tercera, que paga para que maten, de modo que viene á resultar la más feroz de las tres; y también aquello de la suerte de pica, y de las tripas colgando, y de las excomuniones del Papa contra los católicos que asisten á corridas, y de los perjuicios á la agricultura... Lo que es la cuenta de perjuicios la saca de un modo imponente. Hasta viene á resultar que por culpa de los toros hay déficit en la Hacienda y hemos tenido las dos guerras civiles... (Verdad que esto lo soltó en un instante de acaloramiento, y como vió la greguería y la chacota que armamos, medio se desdijo.) Por todo lo cual, yo pensé que al nombrar ferocidad y barbarie vendrían los toros detrás. No era eso. Pardo contestó:
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