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SEGUNDA EDICION.

TOMO III.

Madrid: 1838. IMPRENTA DE LOS HIJOS DE D.ª CATALINA PIÑUELA, calle del Amor de Dios, núm. 7.

EL DONCEL DE Don Enrique el Doliente.

CAPITULO XXII.

Cuando la noche cerró, ambos se fueron armare, cabalgaron á caballo, salieron de la ciudade, armados de todas armas á guisa de peleare.

Rom. del marques de Mántua.

Con feroz espresion de alegría llegó Abenzarsal á noticiar al conde de Cangas y Tineo el funesto resultado de su bien combinada intriga: gran parte habia tenido en ella la casualidad; pero ni creyó oportuno declarárselo asi al conde, ni acaso lo creería él mismo. Regocijóse mucho don Enrique de Villena al principio de su narracion, pero fue oscureciendo su rostro una nube de descontento cuando llegando al desenlace de la escena referida en nuestro anterior capítulo, calculó que á la hora en que él estaba escuchando tranquilamente de boca del empedernido viejo la horrible maquinacion, ésta podria estar costándole la vida á uno de los dos combatientes, pues no era dificil inferir que á pelear y no á otra cosa habian salido en aquella forma y á aquellas horas del alcázar el amoscado hidalgo y el impetuoso caballero. Parecióle de veras mal que pasase la burla tan adelante. Cuando habia admitido para este asunto los ausilios del astrólogo judiciario, ó se habia lisonjeado de que este conseguiria colocar las cosas en cierto punto del cual no pasasen, y que bastase sin embargo para poner fuera de combate á sus enemigos; ó lo que es mas probable, no se habia tomado el trabajo de reflexionar suficientemente que las pasiones no se manejan con la mano, y que el tino ha de estar en ver cómo se ha de soltar el leon de la jaula, porque una vez suelto ni hay retroceder, ni hay calcular dónde y cómo habrá de parar el estrago. Como todos los hombres débiles y faltos de energía, habia procurado ahogar en un principio los latidos de su conciencia, si se nos permite esta atrevida metáfora. En valde trató el viejo redomado de tranquilizar su espíritu y embotar sus remordimientos, presentándole el caso menos arriesgado de lo que era y debia ser realmente; en valde le citó mil ejemplos de desafios empezados y no concluidos, y enumeró infinidad de ellos terminados al llegar al campo por miedo de uno ó de los dos adversarios, ó por cualquiera estraña casualidad sobrevenida; ó llevados á cabo, en fin, á costa solo de algunas heridas de poca importancia y gravedad. Para haber cedido á la insinuante persuasion del físico, era preciso no haber conocido el pundonoroso espíritu del hidalgo, y haber ignorado completamente la fibra irritable y la arrojada decision del doncel. Luchaba el conde con mortales angustias entre el deseo de ver perdido al doncel y el temor de que quedase envuelto en su ruina su fiel escudero, cuyos leales servicios, y cuya probidad, solo cariño y respeto le podian merecer. Si hubiera sido posible que por una causa agena enteramente de él hubiera desaparecido Macías y callado para siempre la importuna honradez del hidalgo, hubiérase alegrado tal vez; pero la idea de que iba á recaer sobre su cabeza la sangre de un semejante suyo, no era bastante malvado para arrostrarla. ¡Estado infeliz del hombre que ni puede llamarse bueno ni malo completamente, en cuyo corazon domina todavia el conocimiento, de lo primero, sin el suficiente vigor para desechar lo segundo! El tiempo entre tanto corria y era forzoso decidirse presto.—Abenzarsal, dijo por fin Villena con la violencia que se hace el enfermo para pasar de un trago la amarga medicina, á que ha de deber mal su grado su salud, Abenzarsal, me habeis perdido. Nada habeis hecho por mi, si muere alguno. Corramos á evitar una catástrofe. ¡Ay de nosotros si llegamos tarde! No os mandé yo tanto.

—¿Qué dices, señor? repuso asombrado el astrólogo, que contaba todavia con la indecision del conde y con su propia elocuencia para acabarle de determinar. ¿Pretendes lograr tus planes con semejante cobardía? ¿nada quieres sacrificar? nada, pues, lograrás. El entendido maestro corta un brazo para salvar los demas miembros. Los términos medios nada remedian. Dejémosles correr su suerte. Si su constelacion por otra parte es morir, ¿qué poder tendrémos para contrastar los astros?

—¡Los astros! ¡los astros! acostumbrado á ese pérfido lenguaje, quereis deslumbraros á vos mismo. Si uno de ellos está pereciendo en este instante, ¿qué astro sino vuestra intriga los habrá perdido?

—Eso querrá decir don Enrique, que su constelacion era que los perdiese mi intriga.

—Basta, Abenzarsal, gritó Villena mirando al reloj. Cada grano de menuda arena, que veis caer en la parte inferior de esa vasija, es una gota de sangre tal vez; y no encierran tantas gotas las venas de ningun hombre como granos contiene ese arenero. Abenzarsal, yo quiero que su constelacion no ordene su muerte: venid conmigo...

—¿Adónde? ¿Quién es capaz de adivinar dónde han dirigido sus pasos enmedio de las tinieblas de la noche dos locos, que...?

—Locos, sí, locos; pero hombres, en fin, que cuerdos ó locos no tienen mas que una vida, y esa la perderán si los dejamos.

—¿Y bien? ¿Serán los primeros que hayan muerto víctimas de su necedad? ¿Soy yo, por ventura, quien los ha persuadido de que vale tanto una hermosura pasagera como la vida del hombre? Si no han aprendido á conocer á la muger, ¿será nuestra la culpa de su muerte? ¡Insensatos! Los que consienten en morir por un ser pérfido, no merecen que dé nadie dos pasos para salvarles la vida. ¿Serán por ventura mas felices cuando la conserven para vivir esclavos, y fascinados por el loco capricho de un sexo envenenador, para creer gozar en una falsa sonrisa, para llorar lágrimas de sangre ante un injusto desden? Su muerte será acaso su felicidad.

—¡Sofisma, Abenzarsal, bárbaro sofisma!

—Es decir, pues, replicó el viejo, batido en sus últimos atrincheramientos, es decir...

—Es decir, viejo insaciable, que no consiento réplicas. ¿Cuánto oro necesitas para ceder? ¿En cuánto aprecias la vida de dos hombres?

—Si por eso lo decís, en nada. De valde los salvaré.

—Tomad, sin embargo, repuso Villena arrojándole otro bolson, parecido al que poco antes le habia dado, tomad y acallad con oro vuestra conciencia, si es que os remuerde de obrar bien alguna vez. Vamos de aqui. ¡Quiera el cielo oir mis votos! Aseguremos sus vidas, y no nos faltarán medios despues para deshacernos de ellos de un modo menos culpable.

Al decir esto asió del brazo al astrólogo, que obedeció de mala gana á la violencia que se le hacia.—¡Hé aqui el hombre! salió diciendo entre dientes detras de Villena, que á pasos precipitados se lanzó fuera del aposento. Inventa recursos, Abenzarsal, añadió hablando consigo mismo, imagina arbitrios para engrandecer á un ser débil y de carácter indeciso, y él mismo derribará la obra que hayas edificado. ¡Remordimientos, remordimientos, dos hombres! Sin embargo, si mueren por una hermosa, la hermosa al saber su muerte la colgará como trofeo en el altar de sus conquistas, y volverá los ojos á emponzoñar tranquilamente con nuevas sonrisas y desdenes la existencia de un tercero. ¡Y nosotros entre tanto con remordimientos!

Mientras esto pasaba en la cámara de don Enrique de Villena, caminaban hácia el soto de Manzanares con el mayor silencio nuestros dos competidores. El hidalgo, al salir por la puerta del cubo de la Almudena, se habia vuelto á Macías, que le seguia con la indiferencia y serenidad de un hombre que nada espera y que está por consiguiente dispuesto á todo, y le habia dicho: “Caballero, mientras mas apartados de la poblacion, reñirémos con mas libertad.” Al decir estas palabras, que fueron sin duda oidas, aunque no contestadas, hizo un ademan con la mano dando á entender que debian seguir algun trecho mas adelante camino de la casa del Pardo, que á la sazon edificaba don Enrique el Doliente en medio del famoso soto. Macías manifestó su asentimiento á tal proposicion siguiéndole á pocos pasos. Asi anduvieron largo trecho, conservando siempre entre sí igual distancia y el mismo silencio; parecian en medio de la oscuridad dos troncos cortados á igual altura, que movidos de impulso estraordinario se trasladaban á otro punto, por entre sus muchos lozanos compañeros, que desafiaban á las nubes con sus altas copas, por cuyas ramas pasaba agitándolas y susurrando tristemente el viento de las vecinas sierras. Por fin, llegaron á una especie de plazoleta formada por los leñadores, que habian hecho su carga en aquel parage derribando algunos arbustos y matorrales. Paróse al entrar en ella el hidalgo, miró en derredor, y dando con el pie en el suelo y desembozando su corto capotillo, “_Aqui_, dijo con voz alterada por la cólera, aqui.” Imitó el doncel su accion, y desenvainando su espada sosegadamente, esperó á que le acometiera su contrario con resuelto continente. Desenvainó la suya tambien el escudero, pero antes de proceder al combate cruel que los esperaba,—No creo inútil, dijo al doncel, que fijemos los pactos de nuestro duelo. En primer lugar, deseo preguntaros si teneis noticia de una música que se dió no hace muchas noches al pie de la ventana de mi señora la condesa de Cangas y Tineo.

—Sí, contestó Macías secamente. Defendeos.

—Esperad. ¿Y sabeis quién era el músico?

—No me creo obligado á contestaros, repuso Macías en el mismo tono, volviendo á hacer ademan de dar principio al combate.

—¿Y quereis decirme quién era la dama enlutada que acusó esta mañana en pública corte á mi señor el conde?

—Los mismos datos teneis para conocerla que yo.

—¿Qué motivos tuvísteis para abrazar su defensa?

—Los que creí justos.

—¿Cómo os he encontrado solo con ella en el laboratorio del judío? ¿Sabeis que soy su esposo?

—He dicho una vez por todas que no me creo obligado á responderos. No acostumbro á sufrir interrogatorios.

—No me podréis negar que una entrevista de esa especie supone relaciones que mi honor...

—Vuestro honor está ileso. Vuestra esposa inocente.

—Probádmelo.

—Con la punta de mi espada al momento.

—¿No teneis, pues, otras pruebas...?

—Para hablar, hidalgo, no necesitábamos habernos apartado tanto de Madrid.

—Decis bien, repuso el hidalgo, en quien crecia la ira mas y mas en el corazon con cada respuesta del arrogante mancebo; vengamos, pues, á los pactos de nuestro duelo. El que venza.

—El que venza, dijo Macías irritado ya por la tardanza, enterrará al otro, ó lo dejará, si le parece mejor, para pasto de los cuervos de Castilla.

—Si le venciese, empero, sin matarle, podrá imponerle...

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