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El árbol de la ciencia: Novela
by Pío Baroja
Language: es1,459 downloads on Project Gutenberg
Subjects
In: Novels
Public-domain ebook sourced from Project Gutenberg #60464.

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by Pío Baroja
Language: es1,459 downloads on Project Gutenberg
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La obra es una novela de corte realista que sitúa su acción en la Madrid de finales del siglo XIX, centrada en la vida de estudiantes de medicina y en la desilusión de sus familias. El relato arranca con una escena en la antigua capilla del Instituto de San Isidro, donde Aracil y Hurtado presencian la pomposa pero ridícula entrada de un profesor de química, cuya vanidad se despliega entre discursos sobre Liebig y Pasteur y una serie de burlas y aplausos escandalizados por parte de los alumnos. A partir de allí se despliegan diálogos cargados de confrontación política y cultural entre los jóvenes, y una descripción mordaz del ambiente universitario y del entorno familiar de Andrés Hurtado, marcado por la autoridad autoritaria de su padre y la ausencia de la madre.
El estilo de Baroja combina una prosa directa y vigorosa con un tono crítico que refleja la atmósfera de decadencia y el desencanto de la generación que buscaba la ciencia en una sociedad inmóvil. La narración, impregnada de ironía y observaciones sociológicas, captura la voz de un Madrid que se resiste al cambio. A los lectores interesados en la literatura española del siglo XX, en retratos de la vida académica y en personajes que encarnan la tensión entre idealismo y realismo, le resultará atractiva la agudeza y el humor mordaz que caracterizan esta novela.
The opening · free to read
--Habrá que ver cómo entran dentro de unos días--dijo Aracil burlonamente.
--Tendrán la misma prisa para salir que ahora tienen para entrar--repuso el otro.
Aracil, su amigo y Hurtado se sentaron juntos. La clase era la antigua capilla del Instituto de San Isidro de cuando éste pertenecía a los jesuítas. Tenía el techo pintado con grandes figuras a estilo de Jordaens; en los ángulos de la escocia los cuatro evangelistas, y en el centro una porción de figuras y escenas bíblicas. Desde el suelo hasta cerca del techo se levantaba una gradería de madera muy empinada con una escalera central, lo que daba a la clase el aspecto del gallinero de un teatro.
Los estudiantes llenaron los bancos casi hasta arriba; no estaba aún el catedrático, y como había mucha gente alborotadora entre los alumnos, alguno comenzó a dar golpecitos en el suelo con el bastón; otros muchos le imitaron, y se produjo una furiosa algarabía.
De pronto se abrió una puertecilla del fondo de la tribuna, y apareció un señor viejo, muy empaquetado, seguido de dos ayudantes jóvenes.
Aquella aparición teatral del profesor y de los ayudantes provocó grandes murmullos; alguno de los alumnos más atrevidos comenzó a aplaudir, y viendo que el viejo catedrático, no sólo no se incomodaba, sino que saludaba como reconocido, aplaudieron aún más.
--Esto es una ridiculez--dijo Hurtado.
--A él no le debe parecer eso--replicó Aracil riéndose--; pero si es tan majadero que le gusta que le aplaudan, le aplaudiremos.
El profesor era un pobre hombre presuntuoso, ridículo. Había estudiado en París y adquirido los gestos y las posturas amaneradas de un francés petulante.
El buen señor comenzó un discurso de salutación a sus alumnos, muy enfático y altisonante, con algunos toques sentimentales: les habló de su maestro Liebig, de su amigo Pasteur, de su camarada Berthelot, de la Ciencia, del microscopio...
Su melena blanca, su bigote engomado, su perilla puntiaguda, que le temblaba al hablar, su voz hueca y solemne le daban el aspecto de un padre severo de drama, y alguno de los estudiantes que encontró este parecido, recitó en voz alta y cavernosa los versos de Don Diego Tenorio, cuando entra en la Hostería del Laurel en el drama de Zorrilla:
Que un hombre de mi linaje descienda a tan ruin mansión.
Los que estaban al lado del recitador irrespetuoso se echaron a reir, y los demás estudiantes miraron al grupo de los alborotadores.
--¿Qué es eso? ¿Qué pasa?--dijo el profesor poniéndose los lentes y acercándose al barandado de la tribuna--. ¿Es que alguno ha perdido la herradura por ahí? Yo suplico a los que están al lado de ese asno, que rebuzna con tal perfección que se alejen de él, porque sus coces deben ser mortales de necesidad.
Rieron los estudiantes con gran entusiasmo, el profesor dió por terminada la clase retirándose haciendo un saludo ceremonioso y los chicos aplaudieron a rabiar.
Salió Andrés Hurtado con Aracil, y los dos, en compañía del joven de la barba rubia, que se llamaba Montaner, se encaminaron a la Universidad Central, en donde daban la clase de Zoología y la de Botánica.
En esta última los estudiantes intentaron repetir el escándalo de la clase de Química; pero el profesor, un viejecillo seco y malhumorado, les salió al encuentro, y les dijo que de él no se reía nadie, ni nadie le aplaudía como si fuera un histrión.
De la Universidad, Montaner, Aracil y Hurtado marcharon hacia el centro.
Andrés experimentaba por Julio Aracil bastante antipatía, aunque en algunas cosas le reconocía cierta superioridad; pero sintió aún mayor aversión por Montaner.
Las primeras palabras entre Montaner y Hurtado fueron poco amables. Montaner hablaba con una seguridad de todo algo ofensiva; se creía, sin duda, un hombre de mundo. Hurtado le replicó varias veces bruscamente.
Los dos condiscípulos se encontraron en esta primera conversación completamente en desacuerdo. Hurtado era republicano, Montaner defensor de la familia real; Hurtado era enemigo de la burguesía, Montaner partidario de la clase rica y de la aristocracia.
--Dejad esas cosas--dijo varias veces Julio Aracil--; tan estúpido es ser monárquico como republicano; tan tonto defender a los pobres como a los ricos. La cuestión sería tener dinero, un cochecito como ése--y señalaba uno--y una mujer como aquélla.
La hostilidad entre Hurtado y Montaner todavía se manifestó delante del escaparate de una librería. Hurtado era partidario de los escritores naturalistas, que a Montaner no le gustaban; Hurtado era entusiasta de Espronceda, Montaner de Zorrilla; no se entendían en nada.
Llegaron a la Puerta del Sol y tomaron por la Carrera de San Jerónimo.
--Bueno, yo me voy a casa--dijo Hurtado.
--¿Dónde vives?--le preguntó Aracil.
--En la calle de Atocha.
--Pues los tres vivimos cerca.
Fueron juntos a la plaza de Antón Martín y allí se separaron con muy poca afabilidad.
Todos los pueblos tienen, sin duda, una serie de fórmulas prácticas para la vida, consecuencia de la raza, de la historia, del ambiente físico y moral. Tales fórmulas, tal especial manera de ver, constituye un pragmatismo útil, simplificador, sintetizador.
El pragmatismo nacional cumple su misión mientras deja paso libre a la realidad; pero si se cierra este paso, entonces la normalidad de un pueblo se altera, la atmósfera se enrarece, las ideas y los hechos toman perspectivas falsas. En un ambiente de ficciones, residuo de un pragmatismo viejo y sin renovación vivía el Madrid de hace años.
Otras ciudades españolas se habían dado alguna cuenta de la necesidad de transformarse y de cambiar; Madrid seguía inmóvil, sin curiosidad, sin deseo de cambio.
El estudiante madrileño, sobre todo el venido de provincias, llegaba a la corte con un espíritu donjuanesco, con la idea de divertirse, jugar, perseguir a las mujeres, pensando, como decía el profesor de Química con su solemnidad habitual, quemarse pronto en un ambiente demasiado oxigenado.
Menos el sentido religioso, la mayoría no lo tenían, ni les preocupaba gran cosa la religión; los estudiantes de las postrimerías del siglo XIX venían a la corte con el espíritu de un estudiante del siglo XVII, con la ilusión de imitar, dentro de lo posible, a Don Juan Tenorio y de vivir
llevando a sangre y a fuego amores y desafíos.
El estudiante culto, aunque quisiera ver las cosas dentro de la realidad e intentara adquirir una idea clara de su país y del papel que representaba en el mundo, no podía. La acción de la cultura europea en España era realmente restringida, y localizada a cuestiones técnicas, los periódicos daban una idea incompleta de todo; la tendencia general era hacer creer que lo grande de España podía ser pequeño fuera de ella y al contrario, por una especie de mala fe internacional.
Si en Francia o en Alemania no hablaban de las cosas de España, o hablaban de ellas en broma, era porque nos odiaban; teníamos aquí grandes hombres que producían la envidia de otros países: Castelar, Cánovas, Echegaray... España entera, y Madrid sobre todo, vivía en un ambiente de optimismo absurdo. Todo lo español era lo mejor.
Esa tendencia natural a la mentira, a la ilusión del país pobre que se aisla, contribuía al estancamiento, a la fosilificación de las ideas.
Aquel ambiente de inmovilidad, de falsedad, se reflejaba en las cátedras. Andrés Hurtado pudo comprobarlo al comenzar a estudiar Medicina. Los profesores del año preparatorio eran viejísimos; había algunos que llevaban cerca de cincuenta años explicando.
Sin duda no los jubilaban por sus influencias y por esa simpatía y respeto que ha habido siempre en España por lo inútil.
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