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El criticón (tomo 1 de 2)
Language: es1,071 downloads on Project Gutenberg
Subjects
In: Novels·History - Early Modern (c. 1450-1750)·Philosophy & Ethics
Public-domain ebook sourced from Project Gutenberg #62691.

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El Criticón, primera parte del extenso proyecto de Baltasar Gracián, se presenta como una obra de ficción clásica española que, según la propia introducción, está dividida en tres estaciones de la vida humana: la primavera de la niñez, el verano de la juventud y, en los tomos posteriores, el otoño y el invierno de la edad adulta. El texto abre con una exhaustiva biografía del autor, resaltando su origen infanzón, su formación jesuita y sus múltiples cargos académicos, antes de enumerar sus obras y la recepción que han tenido a lo largo de los siglos. A través de una serie de notas y citas, el prólogo sitúa al crítico dentro del panorama literario del Siglo de Oro, contrastándolo con contemporáneos como Quevedo y describiendo la dificultad que el público “vulgo” ha tenido para comprender su agudeza y sutileza.
El estilo de Gracián combina la erudición barroca con una agudeza conceptual que roza la filosofía moral. Su prosa está cargada de referencias históricas, latinas y metafísicas, y emplea una voz autoritaria que a la vez se muestra reflexiva y a veces irónica. Es una lectura que atraerá a lectores interesados en la literatura del Siglo de Oro, en la crítica social y en la filosofía práctica, así como a quienes disfrutan de textos que desafían al lector a pensar más allá de la superficie narrativa.
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El Padre Baltasar Gracián[1] y Morales nació en Belmonte, aldea de la ciudad de Calatayud, el 8 de Enero de 1601, de casa y familia infanzona. Tuvo por hermanos al P. Felipe Gracián, Clérigo Menor, Asistente de su Religión en Roma; al P. Fr. Pedro Gracián, Trinitario, que murió en la flor de su edad; al P. Fr. Raimundo Gracián, Carmelita Descalzo. Varones todos religiosos y literatos, como se ve en su Arte de Ingenio y Agudeza, Disc. 20, 13, 32 y 53. En el 25 dice que él se crió en Toledo en casa de su tío el Licenciado Antonio Gracián. Enseñó en la Compañía de Jesús letras humanas, filosofía y teología con el crédito que puede suponerse.
[1] En la partida de bautismo se halla escrito Galacián, como todavía llama por Calatayud la gente del pueblo á la familia Gracián, que aún dura en la comarca.
Exacto religioso, celoso en los cargos de su profesión, grande orador, sabio filósofo, discreto, ingenioso y agudo sobre todo encarecimiento. Tan dulce y suave en el numen poético como en la ciencia y en la práctica del gobierno.
Tuvo por íntimos amigos á Manuel de Salinas, á Francisco Andrés de Ustarroz, el Solitario, y al famoso anticuario oscense Vincencio Juan de Lastanosa, el cual, según testimonio de su hijo Vincencio Antonio[2], publicó en Huesca las obras de Gracián contra la voluntad de su autor.
[2] Revista de Archivos, t. VIII, 1877, p. 30.
Fué Rector del Colegio de Tarragona y murió en el de Tarazona el 6 de Diciembre de 1658, de edad de cincuenta y ocho años.
Al pie del retrato del P. Gracián, que se hallaba en el claustro del Colegio de los PP. Jesuítas de Calatayud, y que hoy posee D. Félix Sanz de Larrea y reproducimos en esta edición, se lee:
“_P. Balthasar Gracian ut iam ab ortu emineret in Bellomonte natus est prope Bilbilim, confinis Martiali patria, proximus ingenio, ut profunderet adhuc xristianas argutias Bilbilis, quae poene exhausta videbatur in aethnicis. Ergo augens natale ingenium innato acumine, scripsit_ Artem ingenii et arte fecit scibile, quod scibiles facit artes. Scripsit item Artem prudentiae et a se ipso artem didicit. Scripsit Oraculum et voces suas protulit. Scripsit Disertum ut se ipsum describeret. Et ut scriberet Heroem _heroica patravit. Haec et alia eius scripta Mecenates Reges habuerunt, Iudicem admirationem, Lectorem Mundum, Tipographum Aeternitatem. Philippus 4s saepe illius argutias inter prandium versabat, ne deficerent sales regiis dapibus. Sed qui plausus excitaverat calamo, deditus Missionibus excitavit planctus verbo, excitaturus desiderium in morte, qua raptus est 6 Decemb. 1658, sed aliquando extinctus aeternum lucebit._”
1. El Criticón. Primera Parte en la Primavera de la Niñez y en el Estío de la Juventud. En Madrid 1650. Publicólo antes D. Vincencio Juan de Lastanosa, amigo del autor, como escribe D. Vincencio Antonio de Lastanosa, hijo de aquel insigne literato y anticuario, en su manuscrito Habilitación de las Musas. Lo mismo hizo con la segunda y tercera partes.
2. El Criticón. Segunda Parte. Juiciosa y cortesana Filosofía en el Otoño de la varonil edad. En Huesca por Juan Nogués, 1653.
3. El Criticón. Tercera Parte. En el Invierno de la Vejez. En Huesca 1653.
Las tres partes de El Criticón se imprimieron en dos tomos en Madrid 1664 por Pablo de Val y en Barcelona el mismo año por Antonio Lacavallería.
4. El Héroe. En Madrid 1630. En Huesca publicado por Lastanosa en 1637.
5. Agudeza y Arte de Ingenio. Imprimióse en Huesca dos veces, años de 1648 y 1649.
6. El Discreto. Publicólo Lastanosa en Huesca 1645. Se reimprimió en Bruselas, 1665.
7. El Político Don Fernando el Católico, publicado por Lastanosa en Zaragoza, año de 1640.
8. Oráculo Manual y Arte de Prudencia, sacado de los Aforismos de las Obras de Lorenzo Gracián. Diólo á luz Lastanosa en Huesca, año de 1647, edición que se desconoce; hay otra anterior á la de Madrid de 1653.
9. Meditaciones varias para antes y después de la Sagrada Comunión, que salieron con el nombre de su autor, siendo Catedrático de Escritura, con el título de Comulgatorio y se imprimió en Zaragoza el 1655.
10. Máximas del P. Baltasar Gracián con respuestas á los Críticos del Hombre Universal, que se estampó en París.
11. El Varón Atento, de que hace mención el autor en el Arte de Ingenio y en el Discreto.
12. Selvas de todo el año en verso, que se publicaron por primera vez con las demás obras en Barcelona, 1734.
13. Diversos Poemas, que corren divididos.
Juntas todas estas obras se publicaron más tarde varias veces dentro y fuera de España, entre ellas en Madrid por Pablo de Val, en dos tomos, año 1664, Barcelona 1664, Amberes 1725, Barcelona 1757, Madrid 1773.
En todas ellas, en vez de su propio nombre Baltasar, salió el de Lorenzo Gracián, no se sabe la causa. Tal vez lo puso su editor Lastanosa, ya que las publicaba á disgusto de la modestia de su autor y aludiendo á S. Lorenzo, natural de Huesca.
Bien definió el vulgo el que lo definió: “El vulgo no es otra cosa, que una sinagoga de ignorantes presumidos y que hablan más de las cosas, cuanto menos las entienden.” Y no miréis al vestido ni á los zapatos para tener á uno por del vulgo. “Aunque sea un príncipe, en no sabiendo las cosas y queriéndose meter á hablar dellas, á dar su voto en lo que no sabe ni tiene, al punto se declara hombre vulgar y plebeyo”. De estos hombres vulgares, que pasan por sabios y sonlo á veces en otras cosas, escribió el mismo autor: “Si dan en alabar á uno, si una vez cobra fama, aunque se eche después á dormir, él ha de ser un gran hombre. Aunque ensarte después cien mil disparates, dicen que son sutilezas y que es la primera cosa del mundo. Todo es que den en celebrarle. Y por el contrario, á otros, que estarán muy despiertos, haciendo cosas grandes, dicen que duermen y que nada saben”.
Esto último le sucedió al autor de los renglones aquí citados, al satírico más hondo que ha criado España, al ignorado Baltasar Gracián. Por nebuloso é incomprensible se le califica, aunque ingenioso y sutil. Sin que yo ni nadie alcance á casar estos dos extremos de ingenioso é incomprensible, de sutil y nebuloso. Porque si la sutileza y el ingenio no sirven para ver y hacer ver claramente las cosas, sino antes para verlas y hacerlas incomprensibles y nebulosas, son una bien triste cualidad.
Lo que hay es que tan excelso ingenio como el de Gracián vuela muy alto para el vulgo, y el vulgo, según la definición que de él mismo hemos visto, abraza á más personajes, no sólo personillas, de lo que parece.
Yo apuesto que, si aquí asiento que Quevedo es mucho menos hondo, más superficial, menos filósofo que Gracián, los más de mis lectores lo echarán á exageración. Perdonen esos lectores, por muchos que sean, que les meta en la docena de ese vulgo y que me atreva á apuntarles, con todo el respeto que les debo, pero con toda la sinceridad que no menos les debo á ellos y me debo á mí mismo, que juzgan de Gracián y de Quevedo por lo que han oído, no por propio juicio: lo cual es cabalmente lo propio del vulgo.
¿Qué alaban, qué desalaban? “Hablaba uno por boca de ganso y otro murmuraba con hocico de puerco”, repetiré con el mismo Gracián. El cual, como escondido jesuíta, que escribía en su rincón, sin meter la bulla que Quevedo, es para mí, sin quitarle nada á Quevedo, más grande que él; aunque para el vulgo fuera uno de los que dormían y sólo era sonado por su Agudeza y Arte de ingenio. El vulgo trompeteó esta obra de arte filosófico y no entendió ni pregonó El Criticón, obra de filosofía artística. En la una se muestra filósofo tratando acerca de la retórica y del arte, en la otra se muestra artista y escritor consumado tratando acerca de la más honda filosofía.
Quevedo, dice Farinelli, es inferior á Gracián en la profundidad, en la energía, en la originalidad del pensamiento filosófico. Quevedo tiene ideas geniales, que parecen y desaparecen como relámpagos. Gracián tiene ideas completas, fijas, duraderas. Quevedo toca sin penetrar, lleva consigo gran parte de la ciencia escolástica, se apoya con preferencia en otras autoridades, sacrifica voluntariamente su propio juicio, su razón y su lógica, sofoca el escepticismo al nacer en su ánimo, apenas se le pone la infalible é indiscutible tradición católica. No conoce ni regla ni sistema. Tiene menor capacidad y firmeza de pensamiento que Gracián y á la vez menos gusto. En Quevedo hay exuberancia de fantasía, en Gracián de reflexión. Quevedo es más poeta, Gracián más filósofo.
Hago mío el juicio que él mismo da de Quevedo, en el cual se verá cómo escribía el filósofo aragonés: “Acertó á sacar unas (hojas) de tal calidad, que al mismo punto los circunstantes las apetecieron y unos las mascaban, otros las molían y estaban todo el día sin parar, aplicando el polvo á las narices.--Basta, dijo: que estas hojas de Quevedo son como las del tabaco, de más vicio que provecho, más para reir que para aprovechar.”
Las hojas de El Criticón ni las han apetecido ni menos mascado las gentes vulgares: son más para aprovechar y llorar, que para reir y enviciar las narices. Schopenhauer, que buscaba el provecho y el lloro, no el vicio ni la risa, fué el primero que las alabó y de ellas se aprovechó. Los españoles “abrazan todos los estranjeros, pero no estiman los propios”. Bien ha sido menester venga un alemán á descubrirnos al vulgo de los españoles lo que no sabíamos apreciar.
Gracias que en el correr de los siglos el vulgo se hunde é hinca el pico para siempre jamás y los que verdaderamente entienden, por poquísimos que sean, con el andar de la Historia van haciéndose muchos y sus escritos siguen hablando á las nuevas generaciones. Es el triunfo, que el tiempo da á la verdad, encargándose á la vez de ir tapando la boca al vulgacho, harto de oirle vocear necedades los pocos días que de vida le concede.
Alcanza el mal sino hasta á los más esclarecidos ingenios. Pocos tan desconocidos y olvidados como el gran filósofo aragonés, con ser bien pocos los que en España y aun fuera de ella puedan serle comparados. Fué demasiado hombre para un tiempo en que el ingenio español había bastardeado en ingeniosidad de bambolla, de palabrería huera, de burbujas de jabón. El culteranismo, el gongorismo carcomía y tranzaba el recio y frondoso árbol de la literatura.
Cada hombre es, en la mitad por lo menos, hijo de su tiempo. Gracián, arrastrado por la ley de naturaleza, también iba á serlo. Metióse á retórico, como los demás; pero, como no era cual los demás, sin dejar de ser de su tiempo, sobrepujó á todos y, en vez del culteranismo palabrero y hueco, sin sustancia, su obra retórica ensalzó lo único de bueno y verdadero, que en aquella desviación del gusto literario yacía sin echarlo nadie de ver, la Agudeza y Arte de ingenio. Dote, ciertamente del arte de escribir; pero que los tiempos aquellos le hicieron creer á Gracián era la única ó principal. En esto estuvo el error, que para mí más ha de atribuirse á su siglo, que al autor mismo. Todos le reconocieron como un maestro; aunque su escuela distaba tanto de la de Góngora como el alma del cuerpo, la sustancia del accidente, el concepto de la palabra: era la escuela conceptista, de la ingeniosidad del pensamiento, harto diferente de la fantasmagórica del retruécano, del puro juego de palabras, de la extravagancia de la metáfora.
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