Storieta
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Alocución

Si el estado de descomposición que presenta nuestra querida España es grande, por lo que se refiere a los importantes problemas de instrucción, moral e ideas, no lo es menos el que atañe al estado actual de la Filosofía, puesto que parecen aumentarse de día en día los vestigios del materialismo y escepticismo y se arraigan hondamente los sistemas socialista, comunista y sindicalista.

Por eso entendemos que este momento es el más oportuno para dar una sabia y verdadera dirección a nuestra vida social, a nuestra Patria, porque se hace preciso acabar con este período tormentoso en que nos agitamos y nos ahogamos. Urge poblar las inteligencias, fortalecer los corazones y entrar, con paso seguro, en una vida en la que predomine la conciencia y la paz de espíritu[1].

Este es el momento en que podemos conocer la causa de tanta inquietud, de tanto sobresalto; este es el instante en que podemos llegar a descubrir si el amor desordenado a las concepciones sintéticas que, como fuegos fatuos, distraen la atención de los pueblos, son férreos lazos que encadenan el espíritu filosófico de nuestra Patria.

La hora presente es la de saber si la conciencia puede revelarnos su naturaleza racional y eterna, mandándonos, con la imperiosa y santa voz de la verdad, que a la luz de la Ciencia miremos la vida entera, para que cese la anarquía intelectual que hoy nos gangrena y podamos encontrar todo lo que hay de racional en este ser, creado a imagen y semejanza de Dios, principio absoluto de toda verdad y de toda ciencia.

Nosotros, en nuestra pequeñez, deseamos, queremos, anhelamos colaborar eficazmente a esta gran labor, a la que esperamos nos ayudéis con vuestra cooperación moral y material; y de ahí que nos hayamos atrevido a ofreceros esta obra, que, por ser nuestra, quizá no pueda llenar las aspiraciones de los más exigentes, pero que, bien mirada, puede ser algo así como un aliciente y una ayuda eficaz para completar aquélla.

Porque, si uno de los medios más eficaces que han contribuído a la transformación y regeneración de las costumbres, ha sido ese libro de oro titulado EJERCICIOS ESPIRITUALES, de San Ignacio de Loyola, bien puede considerarse también como un gran paso para esta obra social la publicación de nuestro libro, en el que estudiamos esa Obra admirable desde el punto de vista filosófico, y, por ende, venimos en incluír al Santo Fundador de la Compañía de Jesús entre los GRANDES FILÓSOFOS ESPAÑOLES, pues en aquel libro encontramos teorías filosóficas admirables y doctrinas divinizadas.

Por otra parte, San Ignacio quiso cumplir, al pie de la letra, aquello del Redentor: “Salvar todo lo que se ha perdido, rescatar a las ovejas descarriadas, encender al mundo en el fuego del amor de Dios y declarar guerra abierta a Luzbel, que es el error”.

Siendo esto así, bien se advierte cómo nuestra obra responde a un mismo fin, y, por tanto, bajo su égida y la protección vuestra queremos poner nuestro trabajo.

Esto de un lado; de otro, que acaba de celebrarse bien solemnemente el III centenario de la canonización del Santo Fundador; y ya que nuestro deseo fué contribuír, en la medida de nuestras fuerzas, a la mayor esplendidez de esta solemnidad y ensalzar aún más, si es posible, ese nombre bendito, esa figura excelsa de nuestra Sacrosanta Religión y gloria de nuestra Patria, faltándonos los medios materiales para dar a la estampa en tan oportuna época este nuestro estudio, sirva como broche de oro para cerrar con él estas fiestas, de las que tan gratos recuerdos guardan sus devotos y la Nación entera, pues no habrá restado ello interés, ya que la buena doctrina esparcida es siempre buena semilla, para fructificar.

Si, por tanto, aceptáis esta nuestra ofrenda humilde, nuestro único galardón queremos que sea tan sólo la satisfacción de haber sido útiles en algo y la de haber cumplido con un deber de ciudadanos, de católicos y de hombres de conciencia, cooperando, con nuestros esfuerzos, al engrandecimiento de nuestra Patria, al bien de nuestro prójimo, a la mayor gloria de Dios y la de su Santa Iglesia, nuestra Madre amantísima.

Recibid, pues, esta ofrenda del último y más indigno de vuestro hermano en Congregación.

BENJAMIN MARCOS.

(Caballero del Pilar.)

Madrid, 12 de octubre de 1922, día de Nuestra Patrona, la Virgen del Pilar.

Prólogo

Si yo estuviera hecho a las lides periodísticas o supiese luchar con la pluma tajante y con la tizona punzante, a buen seguro que podría salir airoso de esta empresa o aventura, en la que me ha querido meter el erudito autor de este libro, mi amigo el señor Marcos, figura prestigiosa del periodismo español, luchador infatigable y avezado a los estudios filosóficos, según lo viene demostrando en los dos primeros volúmenes publicados en esta BIBLIOTECA, obra que merece los aplausos de los estudiosos y la gratitud de los buenos españoles.

Pero no me ha sido dado este privilegio de escribir, y tan sólo la oratoria sagrada ha invadido mi ser y mi alma toda, dedicándome por entero a ella y deseando plegue a Dios que, con mi modesta, pero incesante labor evangélica, consiga conquistar muchas almas para la eterna bienaventuranza.

Por eso temo que estas breves líneas con que el señor Marcos, congregante fervoroso del Pilar, quiere que encabece su meritísimo trabajo, no responda a lo que de mí espera, puesto que nemo dat quod non habet, y yo no tengo lo que de mí quiere y desea.

Autor y lector me habrán de perdonar estas consideraciones que voy a hacer respecto a la obra de mi ilustre hermano en Congregación.

Siéntese desde que se empieza a leer este libro algo así como una efusión espiritual, como una fruición interna, pues comienza presentándonos un cuadro real y exacto del estado social moderno, bien que basado en palabras de la más alta autoridad de la Iglesia, de nuestro Santísimo Padre el actual Pontífice, cuya primera carta encíclica, Arcano Dei, con la que ha inaugurado su pontificado, es como una intensa luz que derrama raudales de irisaciones sobre toda la faz de la tierra con su sabia y santísima palabra, reverbero de la luz increada, destello del Perínclito Espíritu, eco de la voz del Eterno.

Pero, no contento con esto, el señor Marcos va caminando poco a poco por la senda de los razonamientos y nos jumenta las facetas distintas o estados diversos del hombre espiritual, y aun material, ya sea su anhelo compenetrarse con la soberana Belleza y la infinita Santidad, ya sea su deseo tan sólo mirar a las cosas de la tierra entendiendo que ex nihilo nihil fit, y, por tanto, el hombre, que es sólo polvo, ceniza--_memento homo quia pulvis est et in pulverem reverteris_--, en eso quedará convertido in aeternum, puesto que, según los materialistas, el cuerpo humano en ninguna de sus partes tiene señales del posarse del alma, espiritual, inmaterial, incorpórea.

Pasando a la primera y segunda parte, o sea a la biografía y a la bibliografía, sólo habremos de decir cuan bien se advierte la erudición que atesora el señor Marcos, pues los libros que cita, los testimonios que aduce, las opiniones que aporta al tratar de la inspiración de los Ejercicios Espirituales, de San Ignacio, obra es de un concienzudo y meditado estudio y de un tenaz rebuscamiento, buceamiento de datos, textos y autores, que acusan un amor vehemente al estudio y estar acostumbrado ya a esta busqueda.

El libro de San Ignacio, el que inmortalizó su nombre y fué como la piedra angular de esa Ínclita Orden que se llama Compañía de Jesús, no cabe duda--como prueba el autor--que es verdaderamente universal, semilla que, diseminada por todo el orbe católico, y aun infiel, ha dado tan ópimos frutos, que ha estrellado de santos el cielo y ha llenado de sabios el mundo, pudiéndose aplicar a esta Compañía y al libro inmortal lo que decía el gran Tertuliano de los cristianos: Somos de ayer y ya lo llenamos todo: templos, calles, plazas, etc.

De ahí que hayan tenido para el fundador y para su gran obra (la Compañía y los Ejercicios) frases inspiradísimas y encomiásticas los papas, los sabios, los hombres de ciencia, aun heterodoxos, y no hay que decir los católicos.

Y, como libro inspirado por Dios, ha logrado el máximo de perfección, ya en su letra, ya en su espíritu, pues de tal manera, leyéndolo, se va infiltrando en el alma el sentimiento del amor a Dios, la virtud santa, el deseo de bien obrar, el temor de perder al Bien Sumo, el ardimiento por adorar a Jesús en el augusto Sacramento, la devoción bella y tierna de Nuestra Madre la Virgen María, que, como escalones, van formándose en el espíritu por los que el alma cristiana va acercándose cada vez más a la Única y Suma Verdad y a la Incomparable Belleza.

Libro mágico, a cuyo conjuro, los más empedernidos pecadores, los más enfangados en el vicio, los más descreídos, han caído de rodillas, llorando sus culpas, detestando sus extravíos, confesando su error; y así comenzando y después siguiendo por el verdadero arrepentimiento, por la penitencia austera, por el firme propósito, han llegado al amor, a la virtud, al deseo del sacrificio y hasta a la íntima unión con el Sumo Bien, con la Divinidad increada y de todo creadora.

Ahora bien; el señor Marcos ha hecho un verdadero alarde de erudición en su parte tercera, en la que estudia, desde el punto de vista filosófico, el libro inmortal del _Ermitaño de Manresa_--como llama a San Ignacio--, pues, basándose en sanas teorías de autores cristianos, y aun profanos, deduce conclusiones verdaderamente sorprendentes, admirables y lógicas.

Claro es que por ellas él afirma que puede catalogarse desde hoy a San Ignacio entre los GRANDES FILÓSOFOS ESPAÑOLES, teoría que no nos atrevemos a compartir en absoluto.

San Ignacio fué un inspirado, un iluminado, como Teresa, como Francisco de Asis, etc., etc.; pero no sabemos si, fuera de esa inspiración, hubiera podido escribir, como lo hizo en aquel entonces, carente de cultura básica y fundamental, pues posible fuera que ni siquiera hubiera sabido razonar filosóficamente las verdades eternas, y menos las metafísicas. Esto, claro es, en el terreno especulativo.

Ahora bien; existe un hecho, y es que el libro está ahí henchido de doctrina filosófica, en sus razonamientos, en la forma de sentar las premisas y sacar las conclusiones verdaderas, en el estudio psicológico del humano corazón, en la metafísica de su doctrina y hasta en la Teodicea de sus inspiradas meditaciones.

Y, siendo esto así, en el terreno práctico, no se le puede negar al señor Marcos el derecho a formular esta aseveración, que prueba suficientemente, y hasta consideramos de justicia, el que se le dé al Santo Fundador el calificativo de gran filósofo por este su libro, que es como el río de oro que va surcando las conciencias todas y todos los corazones, en los que florecen al contacto de la frescura de esas aguas, purísimas y virginales, las virtudes más hermosas de obediencia, castidad y pobreza, trinidad augusta que forman el triángulo del alma santificada y aureolada por ellas; espejo donde puede verse a Dios tal cual es, para temerle, para amarle y hasta para enamorarle y con Él compenetrarse íntima y eternamente.

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