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About this book

El libro de las tierras vírgenes reúne en un solo volumen las dos colecciones que originalmente se publicaron bajo los títulos ingleses The Jungle Book y The Second Jungle Book. El traductor explica que, al no existir una palabra española equivalente a “jungle”, ha optado por “selva”, empleándola con mayúscula cuando el autor le confiere un sentido casi institucional. Así, el lector encontrará relatos ambientados en la India y en otras regiones salvajes, donde osos, lobos, tigres, elefantes y demás criaturas aparecen como protagonistas de historias que exploran leyes, costumbres y conflictos humanos a través del espejo animal. La obra se presenta como una fábula‑cultura, con referencias a la política, la educación y la naturaleza humana, todo ello bajo la mirada de Kipling, periodista y poeta que combina observación naturalista con una prosa cargada de humor y sátira.

La voz de Kipling es vigorosa y directa, típica de la literatura británica de finales del siglo XIX, con un estilo que alterna descripciones vívidas de la selva y diálogos ágiles entre animales y humanos. Su tono, a veces serio y otras veces juguetón, invita a lectores que disfrutan de cuentos de aventuras, de la fauna exótica y de la reflexión sobre la condición humana. Tanto jóvenes como adultos que aprecian la combinación de narrativa animal con matices sociales encontrarán en este libro una lectura estimulante y evocadora.

Characters in El libro de las tierras vírgenes

  • MowgliYoung Indian boy, dark hair, tanned skin, wearing simple animal skin loincloth, barefoot
  • BalooLarge sloth bear, shaggy brown fur, gentle eyes, sitting on forest floor
  • BagheeraSleek black panther, muscular build, bright amber eyes, prowling through jungle shadows

The opening · free to read

Prólogo Del Traductor

El libro de las tierras vírgenes, que no tengo noticia de que se haya traducido antes de ahora al castellano, lleva en inglés los títulos de The Jungle Book y The Second Jungle Book, pues se halla dividido en dos series, cada una de las cuales forma un tomo aparte. Háse creído más conveniente reunirlas aquí en un sólo volumen, y como en castellano no se usa la palabra jungle, que posee el francés, por ejemplo, el traductor ha considerado que, para el título del libro, la mejor versión de aquel vocablo era algo que abarcara todos los significados que quiere darle el autor. Son éstos bastante diversos y aun bastante vagos, pues lo mismo puede traducirse por selva, que por tierra inculta y llena de maleza; lo mismo podría aplicarse á la manigua cubana, que le sirve al autor para hablarnos de grandes extensiones de la abrasada India ó de las que están cubiertas por los hielos á poca distancia del Polo; del propio modo se refiere á la tierra, en este libro, que á sus habituales pobladores... y aun Kipling llega, arrastrado por su imaginación de poeta, á hacer de la Jungle, con mayúscula, una entidad tan importante como la Sociedad humana, con sus leyes, usos y costumbres, lenguaje, etc.

En el texto de la obra yo he escrito, generalmente, selva donde decía jungle, y, acomodándome al espíritu del autor, he acudido también á la majestuosa mayúscula siempre que se ha tratado de dar á aquella palabra cierto sentido enfático digno de los graves y trascendentales asuntos que aquí se dilucidan entre osos, lobos, tigres, panteras, elefantes, cocodrilos, chacales, monos, serpientes, pájaros y demás personajes importantes con quienes ha de trabar conocimiento quien siga leyendo atentamente las páginas de este volumen, el cual es, en su mayor parte, el libro de las selvas Indias, y así podría haberse llamado en castellano, si cuanto el autor nos cuenta ocurriera en la India y entre sus selvas.

The Jungle Book es famoso en Inglaterra y en los países de lengua inglesa, y más de un crítico, no siempre benévolo con el autor, lo considera como la mejor obra de éste.

Desde 1894, en que se publicó la primera edición de la serie inicial de estos cuentos, se han agotado ya varias de aquéllas, y la Société du Mercure de France, incluyendo la obra en la lista de las que publica de autores extranjeros, ha contribuído también grandemente á propagarla entre los que no suelen leer libros ingleses y están al tanto de las últimas novedades parisienses[1]. Kipling merece en verdad ser traducido, ya que es uno de los autores más populares de Inglaterra, una de las más potentes figuras literarias de hoy, y, sin duda, la que mejor puede vanagloriarse de ser, entre las gentes de su raza, gloria de la literatura al propio tiempo que fuerza política, fuerza que él ha conquistado y sostenido por medio de la pluma. No es Kipling uno de esos autores refinados que escriben pensando más en el arte que en el público que ha de leer sus trabajos. Por el contrario, se le ha dicho que es una especie de periodista que busca los asuntos palpitantes y hace de sus grandes dotes literarias arma de combate. Tiene el fuerte y pesado puño de la raza anglo-sajona pura, sin influencias debilitantes que vengan á suavizar asperezas, y hay que tomarle como él es: como tipo representativo de la gran familia de que forma parte, como condensación de todas las buenas y malas cualidades que pasean por el mundo, con aire sereno y triunfal á la vez, muchos millones de hombres que han creado y extienden por todas partes una civilización poderosa, personal, dominadora, pero que lleva en el fondo un gran sedimento de libertad para todo el que forma parte integrante de ella, no para el que estorbe su marcha ambiciosa, incansable.

Es difícil adivinar si todos los paladares españoles gustarán por igual del manjar exótico que entre el editor y yo les ofrecemos con el título de El libro de las tierras vírgenes. Yo creo que toda persona de cultivado gusto hallará en esos cuentos de Kipling mucho que admirar, y que no será acogida con indiferencia, en España y en la América que fué española, obra que reune tan grandes condiciones para quedar como una de las más típicas muestras de la literatura inglesa contemporánea, y una, también, de las más artísticas que se han escrito con la intención de que puedan servir, lo mismo para instructivo solaz de los niños, que para inofensivo regalo de personas mayores que sepan deleitarse viendo el fondo intencionado de lo que sólo parece dirigido á despertar juveniles imaginaciones y á mantener más ó menos viva su curiosidad. En la literatura de todo el mundo hay ya otras obras que son infantiles sólo por el aspecto, y que los hombres citan con respeto, porque quien las escribió demostró en ellas ser consumado artista, poeta y pensador.

Yo espero que á la lista de esas obras las futuras historias de la literatura añadirán The Jungle Book de Rudyard Kipling, y que la única duda que se ofrecerá á los historiadores será la de si es una obra realmente escrita para niños ó una juguetona y sonriente serie de sátiras sociales encubiertas y de estupendas descripciones para personas mayores que tengan alma poética é inclinada á soñar en lo lejano, lo nuevo y lo raro.

Esas tres cualidades reune la obra que presento al lector. Posee el prestigioso aroma de lo lejano y poco semejante á lo nuestro; la novedad, porque no es frecuente que un gran escritor nos dé una larga serie de narraciones para contarnos la fantástica y casi humana vida de las fieras en la India ó en otros apartados y más ó menos salvajes países; posee también la rareza, que, si para unos es cualidad, para otros es defecto; pero que saben apreciar en la justa medida los que comprenden que por debajo de ella corre, como fecundante río, la originalidad, signo de un cerebro fuerte y creador, incapaz de sujetarse á estrechos límites ni de seguir caminos trillados. La personalidad de Kipling no es de las que esperan modestamente que el beneplácito de los críticos les diga cómo y sobre qué deben escribir, sino de las que traen dentro de sí un mundo y lo van esparciendo á pedazos para que los demás aprendan algo que ignoraban ó que no pensaron nunca que pudiera ser tan bello iluminado á plena luz. Rudyard Kipling es de los reveladores, de los que llegan al alma de las cosas y sorprenden allí leyes y armonías de las que ve el poeta, y que si no son la verdad son una apariencia de ella, más hermosa, á veces, que la verdad misma.

La literatura inglesa tiene más tendencia al cosmopolitismo que la nuestra. Viajan los ingleses mucho más que nosotros; como gente muy convencida de su fuerza, no temen que nadie les robe su propia personalidad, y así como muy fácilmente introducen en su lenguaje voces de idiomas extranjeros sin tomarse el trabajo de subrayarlas siquiera cuando las escriben, y sin esperar á que ninguna Academia de la Lengua (que no poseen) les dé permiso para ello, así también hallan especial encanto en que no sólo los libros de viajes les hablen de las más apartadas regiones del planeta que habitamos, sino, además, las obras del género novelesco, que satisfacen así mejor cierta innata sed de romanticismo que hay en el alma inglesa bajo la grave y fría, ó quizá mejor, serena, cubierta exterior.

Son frecuentísimas las novelas inglesas de asunto extranjero; y en terreno tan bien preparado para el cultivo ha ido á sembrar Kipling sus narraciones de asunto indio, su gran especialidad, ó aquéllas en que intervienen principalmente marineros, soldados, tipos de aventureros de las colonias, etc., etc., gente, en suma, que nació muy lejos ó que muy lejos ha ido á parar con frecuencia en su vida, como al mismo autor le ocurre, aunque por distintos motivos. La India tiene, sin embargo, doble interés para los ingleses, porque al romántico júntase también el político. Del último carecerá en absoluto el lector español; pero, aun así, creo yo que si fuere niño leerá este libro con más interés, por lo general, que ciertos insustanciales cuentos de hadas, y si fuere hombre se sentirá agradablemente sorprendido ante el profundo conocimiento que de la vida de los animales muestra el autor; ante su habilidad en ponerlos en escena prestando á sus actos hondo valor psicológico; ante el poder de evocación de cosas que, sin duda, ha presenciado, ó el de imaginar las que no ha visto, aunque acerca de ellas posea datos propios ó ajenos, aquellos datos de primera mano que parecen ser privilegio de los naturalistas, de los hombres del campo, de los cazadores... de todos los que gozan de la doble vista que comunica el diario contacto con la naturaleza y son, como si dijéramos, los zahoríes de ella. Poned á cada uno de los animales de que nos habla el autor en esta obra un nombre humano, referid á nuestra propia vida no pocas de las escenas que él describe, y el literato, y el político, y el soldado, los hombres de todos los oficios y caracteres, se reconocerán á sí mismos en este libro, ó, si para ello les falta valor y sinceridad, reconocerán al vecino, sea amigo ó enemigo, y más si es lo segundo que lo primero. De mí sé decir que, con la sonrisa en los labios, porque hay aquí su parte de humorismo, me ha parecido algunas veces descubrir la más sorprendente semejanza entre algunos de los caballeros que andan por el mundo mostrando satisfechos su maldad ó su tontería y los que Kipling nos presenta haciendo con poca diferencia lo mismo. Y si á la vida literaria aplicáramos todo eso ¡oh! qué despiadada sátira contra los falsos dioses; los impotentes; los envidiosos; los que á sabiendas faltan á la verdad para que el efecto redunde en propia ventaja; los que chillan, se disputan y se exhiben como monos para que alguien se fije en ellos por lo que bullen, ya que no por lo que valen; los que como el chacal adulan sólo con la intención de sacar algo, y cuando nada consiguen devoran al adulado si la ocasión se ofrece; los que como el tigre (Shere Khan) se convierten en una especie de caciques de pueblo á quienes todo el mundo debe sumisión incondicional, ó pretenden ellos que se la debe, hasta que, al fin, viene un hombre verdaderamente libre y los manda enhoramala, y les arranca la piel para que sirva de lección á los que vengan detrás... ¡Y qué bello y significativo aquel tipo de Mowgli, que es, como de Segismundo dicen los versos de Calderón, «un hombre entre las fieras--y una fiera entre los hombres»! La idea de patria late en fiel fondo de esa figurilla de muchacho, y al mismo tiempo, y como burla burlando, infinidad de problemas de la educación, de la mezcla de razas, de la emigración... problemas que se ofrecen continuamente á los que por unas ú otras razones han hallado en el mundo más de una patria, ó así, al menos, se lo parece á ellos. ¡Y aquella manada de lobos que mata constantemente á su jefe cuando ya no le sirve, porque la edad le ha hecho poco apto para la caza!... ¿No os parece que se trata de políticos, artistas, literatos, pensadores, hombres en fin? Y hasta la foca que, por nacer blanca, constituye una excepción desagradable para su raza, y aun para su propia familia, y más cuando se le antoja reformar inveteradas tradiciones y descubrir nuevas tierras para los que se hallan ya perfectamente con las que poseen, sean buenas ó malas... ¿quién no la ha conocido á esa pobre foca blanca, ó quién con sólo hurgar en su propia conciencia no la ha descubierto allí muy escondida, por poco que no piense en todo como las mayorías, como las multitudes suelen pensar?

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