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Prólogo

Había prescindido en mis novelas de todo prefacio, advertencia, aclaración ó prólogo, entregándolas mondas y lirondas al lector, que allá las interpretase á su antojo, puesto que tanta molestia quisiera tomarse; y esta costumbre seguiría en La Quimera si, apenas iniciada su publicación por la excelente revista La Lectura, no apareciese en un diario de circulación máxima un suelto anunciando que “claramente se adivina, al través de los personajes de La Quimera, el nombre de gentes muy conocidas en la sociedad de Madrid, por lo cual el libro será objeto de gran curiosidad y de numerosos comentarios”.

Desde Pequeñeces, se me figura que al público se le ha abierto el apetito. Fué Pequeñeces (tendrán que reconocerlo los más adversos al Padre Coloma) plato tan sabroso, que trabajo le mando al cocinero que sazone otro mejor. ¿Qué especias emplear? ¿Qué salsa componer? No vale cargar la mano en la guindilla, que no por eso saldrá el carrick más en punto. Pequeñeces, á la verdad, y es justo decirlo, alborotó sin recurrir á tratar de aberraciones, perversiones y demoniuras con que hoy las letras van familiarizándose. Por ley natural de la escala de sensaciones, se piden nuevos estímulos; vibra irritada la curiosidad, y la musa ceñida de negras espinas, la de la sátira social, que levanta ampollas como puños, aguarda su hora. Á todo novelista que por exigencias del asunto tiene que situar la acción en altas esferas ó sacar á plaza tipos más ó menos semejantes á los que por ahí bullen, se le pregunta con ahinco: “--¿Nos trae usted la continuación de Pequeñeces? Eso sí que nos encantaría. Agotaríamos la edición...”

Reconozco que en la sátira social pueden hacerse maravillas. Remontémonos: ¿quién ignora que Dante, en la Divina Comedia, saca al sol los trapitos de sus contemporáneos y conciudadanos, sin omitir lo gravísimo (recuérdese su conferencia, en el Infierno, con Brunetto Latini)? Los profetas de Israel, que iban clamando contra las iniquidades de su época, sin respetar ni á las testas coronadas, ¿qué fueron, descontada su sacra misión, sino satíricos andantes? La antigüedad, más realista cien veces que nosotros, no concibió el drama con personajes inventados; y los dramaturgos griegos fundaron su teatro en sucedidos históricos y en interioridades regias. En la Odisea, y aun en la Iliada, hizo algo semejante Homero; Shakespeare (siguiendo las huellas de Sófocles y Eurípides), en sus dramas históricos dramatizó sucesos casi actuales y retrató á los reyes, reinas y magnates con relieve cruel. Creo que basta de ilustres ejemplos, y que no será desdeñar el género si declaro que no pertenece á él La Quimera, ni fustiga, palabreja tan en uso, á nadie, ni verosímilmente provocará, siquiera por ese concepto, comentario ninguno.

Si se me permite una breve digresión, antes de indicar, por mi gusto y no porque interese, qué idea desenvuelvo en La Quimera, observaré que quizás no se ha definido claramente la sátira social, y solemos confundirla con la sátira de clase y la personal. Sátira social es aquella que, en los vicios y faltas de las clases ó de los individuos, sorprende los síntomas de decadencia y descomposición de la sociedad entera y se adelanta á la Historia: tales fueron algunas de Quevedo (no todas, ciertamente); tales, las famosas de Juvenal, donde resuena el toque de agonía del Imperio romano. Sátira de clase es la que, del conjunto, ve sólo un factor, y á él endereza sus tiros. Así, Alvaro Pelagio lamentaba especialmente los pecados y desmanes de la clerecía. La sátira personal amontona, sobre pocos ó sobre uno solo, las culpas de todos; es, de fijo, la más apasionada y sañuda, y, como ejemplo, citaré el Paralelo de Villergas entre Espartero y Narváez. Para ser víctima de esta última clase de sátira, es preciso descollar.

Pequeñeces, aun cuando dejase entrever fisonomías que, no obstante las protestas del autor, parecieron conocidas, tenía alcance de sátira social; censuraba un estado general, lo podrido de Dinamarca. Los demás novelistas españoles se han limitado á la sátira de clase (aunque haya en Galdós no poco de sátira verdaderamente social difusa). Y al escribir la sátira de clase (de la aristocrática, única que como clase ha sido satirizada en la novela), frecuentemente confunden á “la aristocracia” con “la buena sociedad”, que no será todo lo contrario, pero tampoco es lo mismo.

Circunscrita la sátira al Madrid de los salones, deja de ser de clase y es, á lo sumo, de círculo ó cotarro, degenerando en personal infaliblemente. Sin embargo, yo no he solido ver, en las novelas satíricas, esas semejanzas parlantes con Zutano ó Mengano; y más bien sentí extrañeza al reconocer el corto tributo pagado á una realidad, ni difícil de observar, ni pobre en colores y formas sugestivas. Y discurriendo acerca de este efecto, doy en creer que la intención de la sátira estorba el paso á la verdad, como la caricatura al parecido, y que para pintar lo que fuere, altas, medianas ó bajas clases ó individuos, es de rigor atenerse á la verdad sencilla (no á la verdad nimia), y entrar en la tarea con ánimo desapasionado. Sobre todas las cosas deberá evitar el novelista el propósito de adular la maligna curiosidad y la concupiscencia de los lectores.

Viniendo á La Quimera, en ella quise estudiar un aspecto del alma contemporánea, una forma de nuestro malestar, el alta aspiración, que se diferencia de la ambición antigua (por más que tenga precedentes en psicologías definidas por la Historia). La ambición propiamente dicha era más concreta y positiva en su objeto que esta dolorosa inquietud, en la cual domina exaltado idealismo. Es enfermedad noble, y una de las que mejor patentizan nuestra superioridad de origen, acreditando las profundas verdades de la teología, el dogma de la caída y la significación del terrible árbol y su fruto. El mal de aspirar lo he representado en un artista que no me atrevo á llamar genial, porque no hubo tiempo de que desenvolviese sus aptitudes, si es que en tanto grado las poseía; pero en cuya organización sensible, afinada quizá por los gérmenes del padecimiento que le malogró la aspiración, revestía caracteres de extraña vehemencia. Ignoro lo que el desgraciado joven hubiese hecho; conozco, en cambio, lo que le agitaba y enloquecía, cómo se dejaba arrastrar palpitante en las garras de la Quimera; y la batalla entre su aspiración y las fatalidades de la necesidad me pareció tanto más dramática, cuanto que, para un artista en quien la Quimera no tuviese fijos sus glaucos ojos, la situación de halagado retratista de damas hubiese sido gratísima y provechosa. El rapín bohemio, soplándose los dedos en su solitaria buhardilla, no me importa tanto como este otro bohemio rápidamente puesto de moda y celebrado, invitado á las casas de más tono, envuelto en sedas y encajes, asfixiado de perfumes, pero agonizando de nostalgia, despreciándose y acusándose de traición al ideal, y resignándose á la suerte y á la caricia de los poderosos, sólo porque esperaba que le proporcionasen manera de encaminarse á la cima ruda, inaccesible, donde ese ideal se oculta. No de otro modo el soldado en vísperas de combate huye de los brazos amantes para correr á su bandera.

Mientras notaba día por día la curva térmica de la fiebre de aspiración en Silvio Lago; mientras obsesionaba mi imaginación La Quimera, la veía apoderada de infinitas almas, ya revistiendo forma sentimental (como en Clara Ayamonte), ya imponiéndose á las colectividades en el anhelo de una sociedad nueva, exenta de dolor y pletórica de justicia; y conocí que el deseo está desencadenado, que la conformidad ha desaparecido, que los espíritus queman aprisa la nutrición y contraen la tisis del alma, y que ese daño sólo tendría un remedio: trasladar la aspiración á regiones y objetos que colmasen su medida.

Por la índole del trabajo á que Silvio Lago se dedicó, su medio social fué en efecto prontamente el más smart, y no negaré que su vida se prestaría á un picantísimo estudio de costumbres elegantes. Á mí me atrajo en primer término el drama interior de su ensueño artístico; y por eso, lejos de sujetarme á la menuda realidad, no la he respetado supersticiosamente, adaptando lo externo á lo interno, procedimiento de todos los que pretenden reflejar la vida moral. No sería fácil aplicar nombres propios á los personajes de La Quimera, en el sentido que los curiosos exigen; y si asoman caras conocidas, se las ve tan normales y sonrientes como en visita ó en el teatro; así las pintaba Silvio.

De la contemplación del destino de Silvio he sacado involuntariamente consecuencias religiosas, hasta místicas, que sin mezquinos respetos humanos vierto en el papel. No me complacen las novelas con fines de apología ó propaganda; pero cuando, sin premeditación, se incorpora á la obra literaria lo que no quiero llamar convicciones ni principios, porque son vocablos intelectuales y militantes, sino sentires y llamamientos; si bajo la ficción novelesca palpita algún problema superior á los efímeros eventos que tejen el relato; si un instante el soplo divino nos cruza la sien, ¿por qué ocultarlo? ¿No es esto tan verdad como las funciones del organismo?

Personajes

BELEROFONTE, hijo de Glauco, rey de Corinto. 30 años. YOBATES, rey de Licia. 60 » UN RAPSODA. 40 » UN PASTOR. 20 » LA INFANTA CASANDRA, hija de Yobates. 19 » MINERVA, diosa de la Razón. LA QUIMERA, monstruo. (No habla.)

Casandra, El Rapsoda

_Casandra._--Bienvenido. Á ver si con tus canciones me distraes un momento. Estoy enferma de pasión de ánimo. Dicen que soy feliz... Nada me falta: tengo mis ruecas de marfil cargadas de lino finísimo; mis arcas de cedro, llenas de túnicas bordadas y de velos sutiles; los árboles del huerto me dan frutos en sazón; las vacas, densa y pura leche... y yo, ni hilo, ni me adorno, ni gusto las manzanas, ni voy al establo... Oprímese mi corazón; y cuando la pálida Selene cruza en su esquife de plata, y la brisa de primavera arranca perfumes á los nardos, siento que desearía morir, disolviendo mi alma en lo infinito.

_El rapsoda._--Tu estado, Infanta, es igual al de todas las doncellas y los mozos de este reino, desde que vivimos bajo el terror de la Quimera, cuyo aliento de llama engendra la fiebre y el frenesí. El monstruo, á quien nadie se atreve, se habrá aproximado á los jardines de tu palacio, rondando tus establos ó buscando quizás presa más noble, y te ha inficionado con ese veneno de melancolía y de aspiraciones insanas. ¿Cuándo un héroe, un nuevo Teseo, nos libertará de la Quimera maldita?

_Casandra._--Te aseguro que yo no le tengo miedo á la Quimera. Al contrario, me agradaría verla y sentir su inflamada respiración.

_El rapsoda._--Ahí está el mal. ¡La Quimera no es odiosa como el Minotauro! El ansia del misterio de su forma te consume. ¡Ah, Princesa! Olvídala si quieres vivir. ¿Permitirás que, inmóvil ante ti como ante el altar de las divinidades, te recite una epoda?

_Casandra._--¿Una epoda? No.

_El rapsoda._--¿Un sacro Pean? ¿Un alegre ditirambo?

_Casandra._--Tampoco. ¿Por qué no me recitas la historia de Calice?

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