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Historia de Gil Blas de Santillana: Novela (Vol 1 de 3)
Language: es516 downloads on Project Gutenberg
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Public-domain ebook sourced from Project Gutenberg #50492.

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La famosísima novela de Le Sage GIL BLAS DE SANTILLANA fué traducida superiormente por el padre Isla, el autor de Fray Gerundio. Esta traducción es la que publicamos. Hízola el padre Isla con la intención de mostrar patente el origen español de la inspiración que animara a Le Sage. ¿Consiguió lo que pretendía? En parte sí, pues leído el GIL BLAS en la traducción española de Isla parece enteramente una novela picaresca de las muchas que ha producido nuestra literatura. Pero si miramos con mayor atención la novela, veremos en ella un gran número de rasgos que esencialmente la clasifican entre las obras de ingenio e inspiración típicamente franceses. Prepondera la descripción de caracteres, la fina sátira moral, la intención psicológica sobre la mera narración de aventuras. Le Sage no inventa intrigas por el solo placer de la acción, sino para engarzar en ellas tipos, vicios, defectos morales, ridiculeces de la especie humana. Así adquiere su obra un sentido filosófico, moral; más que novela de aventuras es novela de costumbres y de caracteres.
Le Sage, que nació en la Bretaña y se hizo abogado en París, fué uno de los primeros escritores que vivieron exclusivamente de su pluma. Publicó en 1715 los dos primeros tomos de GIL BLAS, que llegaban hasta el punto en que Gil Blas es nombrado intendente general de D. Alfonso de Leyva. En vista del formidable éxito que obtuvo, escribió una continuación, publicada en 1724, que comprende la estancia de Gil Blas en Granada y su traslado a Madrid, con la historia de su privanza con el duque de Lerma. El éxito de esta continuación superó al de los dos primeros tomos, y en 1735 publicó Le Sage el final de la obra, con la narración del ministerio y muerte del Conde Duque y el retiro de Gil Blas a Liria.
Como hay personas que no saben leer un libro sin aplicar los caracteres viciosos o ridículos que en él se censuran a personas determinadas, declaro a estos maliciosos lectores que harán mal y se engañarán mucho en hacer la aplicación a ningún individuo en particular de los retratos que encontrarán en esta obra. Protesto al público que solamente me he propuesto representar la vida del común de los hombres tal cual es, y no permita Dios que jamás sea mi ánimo señalar a ninguno con el dedo. Si hubiere alguno que crea se ha dicho por él lo que puede convenir a tantos otros, le aconsejo que calle y no se queje, porque de otra manera él mismo se dará a conocer fuera de tiempo. Stultè nudabit animi conscientiam, dice Fedro.
No menos en Francia que en España se hallan médicos cuyo método de curar no es otro que sangrar sobradamente a sus enfermos. Los vicios y los originales ridículos son de todas las naciones. Confieso que no siempre describí exactamente las costumbres españolas. Por ejemplo: los que saben cómo viven en Madrid los comediantes, quizá me notarán de haberlos pintado con colores demasiadamente mitigados; pero creí deber hacerlo así por que fuesen algo más parecidos a los nuestros.
Caminaban juntos y a pie dos estudiantes desde Peñafiel a Salamanca. Sintiéndose cansados y sedientos, se sentaron junto a una fuente que estaba en el camino. Después que descansaron y mitigaron la sed, observaron por casualidad una como lápida sepulcral que a flor de la tierra se descubría cerca de ellos, y sobre la lápida unas letras medio borradas por el tiempo y por las pisadas del ganado que venía a beber a la fuente. Picóles la curiosidad, y lavando la piedra con agua, pudieron leer estas palabras castellanas: Aquí está enterrada el alma del licenciado Pedro García.
El más mozo de los estudiantes, que era vivaracho y un si es no es atolondrado, apenas leyó la inscripción cuando exclamó, riéndose a carcajada tendida: «¡Gracioso disparate! ¡Aquí está enterrada el alma! Pues qué, ¿un alma puede enterrarse? ¡Quién me diera a conocer el ignorantísimo autor de tan ridículo epitafio!» Y diciendo esto, se levantó para irse. Su compañero, que era algo más juicioso y reflexivo, dijo para consigo: «Aquí hay misterio, y no me he de apartar de este sitio hasta averiguarlo.» Dejó partir al otro, y, sin perder tiempo, sacó un cuchillo y comenzó a socavar la tierra alrededor de la lápida, hasta que logró levantarla. Encontró debajo de ella un bolsillo; abrióle, y halló en él cien ducados, con estas palabras en latín: Declárote por heredero mío a ti, cualquiera que seas, que has tenido ingenio para entender el verdadero sentido de la inscripción; pero te encargo que uses de este dinero mejor que yo usé de él. Alegre el estudiante con este descubrimiento, volvió a poner la lápida como antes estaba y prosiguió su camino a Salamanca, llevándose el alma del licenciado.
Tú, amigo lector, seas quien fueres, necesariamente te has de parecer a uno de estos dos estudiantes. Si lees mis aventuras sin hacer reflexión a las instrucciones morales que encierran, ningún fruto sacarás de esta lectura; pero si las leyeres con atención, encontrarás en ellas, según el precepto de Horacio, lo útil mezclado con lo agradable.
Blas de Santillana, mi padre, después de haber servido muchos años en los ejércitos de la Monarquía española, se retiró al lugar donde había nacido. Casóse con una aldeana, y yo nací al mundo diez meses después que se habían casado. Pasáronse a vivir a Oviedo, donde mi madre se acomodó por ama de gobierno y mi padre por escudero. Como no tenían más bienes que su salario, corría gran peligro mi educación de no haber sido la mejor si Dios no me hubiera deparado un tío que era canónigo de aquella iglesia. Llamábase Gil Pérez, era hermano mayor de mi madre y había sido mi padrino. Figúrate, allá en tu imaginación, lector mío, un hombre pequeño, de tres pies y medio de estatura, extraordinariamente gordo, con la cabeza zambullida entre los hombros, y he aquí la vera efigies de mi tío. Por lo demás, era un eclesiástico que sólo pensaba en darse buena vida; quiero decir en comer y en tratarse bien, para lo cual le suministraba suficientemente la renta de su prebenda.
Llevóme a su casa cuando yo era niño y se encargó de mi educación. Parecíle desde luego tan despejado, que resolvió cultivar mi talento. Compróme una cartilla y quiso él mismo ser mi maestro de leer. También hubiera querido enseñarme por sí mismo la lengua latina, porque ese dinero ahorraría; pero el pobre Gil Pérez se vió precisado a ponerme bajo la férula de un preceptor, y me envió al doctor Godínez, que pasaba por ser el más hábil pedante que había en Oviedo. Aproveché tanto en esta escuela, que al cabo de cinco o seis años entendía un poco de los autores griegos y suficientemente los poetas latinos. Apliquéme después a la Lógica, que me enseñó a discurrir y argumentar sin término. Gustábanme mucho las disputas, y detenía a los que encontraba, conocidos o no conocidos, para proponerles cuestiones y argumentos. Topábame a veces con algunos manteístas que no apetecían otra cosa, y entonces era el oírnos disputar. ¡Qué voces! ¡Qué patadas! ¡Qué gestos! ¡Qué contorsiones! ¡Qué espumarajos en las bocas! Más parecíamos energúmenos que filósofos.
De esta manera logré gran fama de sabio en toda la ciudad. A mi tío se le caía la baba, y se lisonjeaba infinito con la esperanza de que, en virtud de mi reputación, presto dejaría de tenerme sobre sus costillas. Díjome un día: «¡Hola, Gil Blas! Ya no eres niño; tienes diez y siete años, y Dios te ha dado habilidad. Hemos menester pensar en ayudarte. Estoy resuelto a enviarte a la Universidad de Salamanca, donde con tu ingenio y con tu talento no dejarás de colocarte en un buen puesto. Para tu viaje te daré algún dinero y la mula, que vale de diez a doce doblones, la que podrás vender en Salamanca, y mantenerte después con el dinero hasta que logres algún empleo que te dé de comer honradamente.»
No podía mi tío proponerme cosa más de mi gusto, porque reventaba por ver mundo; sin embargo, supe vencerme y disimular mi alegría. Cuando llegó la hora de marchar, sólo me mostré afligido del sentimiento de separarme de un tío a quien debía tantas obligaciones; enternecióse el buen señor, de manera que me dió más dinero del que me daría si hubiera leído o penetrado lo que pasaba en lo íntimo de mi corazón. Antes de montar quise ir a dar un abrazo a mi padre y a mi madre, los cuales no anduvieron escasos en materia de consejos. Exhortáronme a que todos los días encomendase a Dios a mi tío, a vivir cristianamente, a no mezclarme nunca en negocios peligrosos y, sobre todo, a no desear, y mucho menos a tomar, lo ajeno contra la voluntad de su dueño. Después de haberme arengado largamente, me regalaron con su bendición, la única cosa que podía esperar de ellos. Inmediatamente monté en mi mula y salí de la ciudad.
De los sustos que tuvo Gil Blas en el camino de Peñaflor, lo que hizo cuando llegó allí y lo que le sucedió con un hombre que cenó con él.
Héteme aquí ya fuera de Oviedo, camino de Peñaflor, en medio de los campos, dueño de mi persona, de una mala mula y de cuarenta buenos ducados, sin contar algunos reales más que había hurtado a mi bonísimo tío. La primera cosa que hice fué dejar la mula a discreción, esto es, que anduviese al paso que quisiese. Echéla el freno sobre el pescuezo, y sacando de la faltriquera mis ducados los comencé a contar y recontar dentro del sombrero. No podía contener mi alegría; jamás me había visto con tanto dinero junto; no me hartaba de verle, tocarle y retocarle. Estábale recontando quizá por la vigésima vez, cuando la mula alzó de repente la cabeza en aire de espantadiza, aguzó las orejas y se paró en medio del camino. Juzgué desde luego que la había espantado alguna cosa, y examiné lo que podía ser. Vi en medio del camino un sombrero, con un rosario de cuentas gordas en su copa, y al mismo tiempo oí una voz lastimosa que pronunció estas palabras: «¡Señor pasajero, tenga usted piedad de un pobre soldado estropeado y sírvase de echar algunos reales en ese sombrero, que Dios se lo pagará en el otro mundo!» Volví los ojos hacia donde venía la voz, y vi al pie de un matorral, a veinte o treinta pasos de mí, una especie de soldado, que sobre dos palos cruzados apoyaba la boca de una escopeta, que me pareció más larga que una lanza, con la cual me apuntaba a la cabeza. Sobresaltéme extrañamente, miré como perdidos mis ducados y empecé a temblar como un azogado. Recogí lo mejor que pude mi dinero; metíle disimulada y bonitamente en la faltriquera, y quedándome en las manos con algunos reales los fuí echando poco a poco y uno a uno en el sombrero destinado para recibir la limosna de los cristianos cobardes y atemorizados, a fin de que conociese el soldado que yo me portaba noble y generosamente. Quedó satisfecho de mi generosidad y dióme tantas gracias como yo espolazos a la mula para que cuanto antes me alejase de él; pero la maldita bestia, burlándose de mi impaciencia, no por eso caminaba más a prisa. La vieja costumbre de caminar paso a paso bajo el gobierno de mi tío la había hecho olvidarse de lo que era el galope.
No me pareció esta aventura el mejor agüero para el resto del viaje. Veía que aun no estaba en Salamanca y que me podían suceder otras peores. Parecióme que mi tío había andado poco prudente en no haberme entregado a algún arriero. Esto era, sin duda, lo que debiera haber hecho; pero le parecía que dándome su mula gastaría menos en el viaje, lo cual le hizo más fuerza que la consideración de los peligros a que me exponía. Para reparar esta falta determiné vender mi mula en Peñaflor, si tenía la dicha de llegar a aquel lugar. y ajustarme con un arriero hasta Astorga, haciendo lo mismo con otro desde Astorga a Salamanca. Aunque nunca había salido de Oviedo, sabía los nombres de todos los lugares por donde había de pasar, habiéndome informado de ellos antes de ponerme en camino.
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