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Don Ramón Rodríguez Correa

Te dedico esta novela como el matador dedica su obra antes de matar el toro. Ni él ni yo sabemos si saldrá bien ó mal lo que dedicamos. El público y tú habréis de juzgar y sentenciar, cuando la novela se imprima por completo, no bien se escriba. De todos modos, aunque la novela salga malísima, como es buena la voluntad con que te la dedico, tendrás siempre que agradecer, aunque no tengas que aplaudir. Verdad es que, como yo te debo tanta amistad desde hace años, apenas si empiezo á pagarte con esta muestra de cariño, y, bien miradas las cosas, tampoco tienes que agradecerme la dedicatoria.

Yo no diré al público, porque sería quitar atractivo á mi composición, que cuanto en ella he de contar será fingido. Villabermeja es una verdadera utopia: sus héroes jamás existieron. Con todo, no estará de sobra que tú divulgues esto por ahí, pues forjo mis creaciones fantásticas, como entiendo que hacen todos los novelistas, con elementos reales, tomando de acá y de acullá entre mis recuerdos, y me pesaría de que saliese algún crítico zahorí afirmando que hago retratos.

Harto sé que el río del olvido se llevará pronto en su corriente esta novela, con multitud de composiciones insulsas, escritas á escape para llenar las columnas de los periódicos. No hay miedo, por consiguiente, de que dentro de un par de siglos salgan los eruditos averiguando quiénes fueron todos los de mi cuento, como imaginan que averiguan hoy quién fué Sancho, quién D. Quijote, quién el rucio, y cuál el lugar de D. Quijote, dando por seguro que fué Argamasilla de Alba; pero lo que no ha de suceder dentro de un par de siglos, pudiera suceder al momento, y contra esto te suplico que trabajes, afirmando, como es la verdad, que carecen de originales en el mundo los pobres partos de mi fantasía.

Acógelos tú en tus brazos cariñosos y defiéndelos de las injurias á que van á exponerse, si, como sospecho, nacen feos y endebles.

Mi excelente y antiguo amigo D. Miguel de los Santos Álvarez, pensador optimista, sereno observador de las cosas y razonable filósofo, sostiene con agudeza que en la vejez se gana por un lado lo que se pierde por otro, que no hay motivo ni razón para afligirse, y que es díscolo quien se aflige. El vulgo, dice él por vía de ejemplo, imagina que, cuando alguien se queda calvo, es porque falta el jugo que alimenta las raíces de sus cabellos y éstos se caen; pero como sucede siempre que al que se queda calvo le nacen pelos y aun cerdas en las narices y en las orejas, y las cejas crecen y se robustecen de modo que suelen dar sombra á la cara, no puede atribuirse la calvicie á falta de jugos. En las mujeres es más patente aún este fenómeno, apareciendo casi sin excepción en la que pierde el pelo de la cabeza un maravilloso y fecundo florecimiento de cerdas en la barba y labio superior, lo cual la hace digna rival de la condesa Trifaldi ó de Santa Librada, si bien á estas señoras les ocurrió milagrosamente lo de embarbarse, á una por duro castigo de un mal intencionado encantador, y á otra por especial favor del cielo, á fin de que salvase la joya de su castidad, puesta en grave peligro, mientras que por lo común es ordinaria operación de la caprichosa Naturaleza, sin que se vislumbre finalidad alguna, el embarbamiento de que aquí se trata.

Véase, pues, cómo no hay tal carencia de jugos en la vejez, sino cambio de dirección en ellos. Lo mismo sucede ó debe suceder con todo lo demás.

Traigo esto á propósito de que cuando joven era yo más severo en mis censuras que ahora que voy siendo viejo, lo cual se comprende, porque no había yo cometido tantos pecados, ni incurrido en tantos errores, ni dado en tantos extravíos como más tarde. Yo censuraba á los otros, no advirtiendo aún, con inocente petulancia, lo mucho que habría que censurar en mí. Hoy, que lo advierto, soy mil veces más benévolo é indulgente con todos, á fin de serlo conmigo.

Entre las infinitas cosas que yo censuraba, era una la afición de ciertos poetas y escritores á encomiar la áurea medianía, el retiro, la vida campestre y el encanto del lugarcillo en que nacieron, así como la propensión que muestran á volver á dicho lugar, y á vivir y morir allí tranquilos, ni envidiados ni envidiosos, lejos del mundo y de sus pompas vanas.

Cuantos así hablaban ó escribían se me antojaba que eran hipócritas, que eran como el usurero Alfio ó poco menos. Aquello de Martínez de la Rosa, que dice:

Padre Dauro, manso río De las arenas doradas, Dígnate oir Los votos del pecho mío, Y en tus márgenes sagradas Logre morir,

me excitaba la bilis de un modo superlativo. ¿Por qué, murmuraba yo, ha de atolondrarnos este señor con sus ayes y suspiros, estando, como está, tan en su mano dejar la embajada de París ó la presidencia del Consejo de Ministros, ó su brillante puesto en las Cortes, y retirarse á los cármenes umbríos y á los solitarios verjeles que están entre los cerros del Generalife y del Sacro Monte, por donde corre mansamente el Darro, y donde la Fuente del Avellano vierte sus cristalinos raudales?

Más tarde me he convencido de que Martínez de la Rosa no suspiraba sin pasión por su Granada. He incurrido, en mi tanto, en el mismo defecto, si defecto es. Desde hace años, lo confieso, ando siempre diciendo que me voy á mi lugar, que deseo vivir allí, ut prisca gens mortalium, cuidando del pobre pedazo de tierra que me dejó mi padre en herencia, y casi, casi haciéndole arar yo mismo por mis bueyes, como Cincinato y otros personajes gloriosos de las antiguas edades. Esto lo decía yo y lo digo con sinceridad, hallando preferible á todo aquella descansada vida, deseando ser uno de los pocos sabios que en el mundo han sido, y no cumpliendo, sin embargo, mi deseo, cuando al parecer sólo de mí depende cumplirle y satisfacerle.

Ahora comprendo y noto las dificultades con que, hasta para cumplir tan modesto deseo, tropieza el más desembarazado y decidido, y perdono á los que hablan con amor y con saudades de la vida rústica desde el bullicio de las grandes poblaciones, y pido perdón para mí y que se considere que no es farsa esta ternura entrañable con que vuelvo los ojos y el ánimo al rincón tranquilo é ignorado donde están los majuelos que crió mi padre y el plantonar que, á fuerza de fatigas y de apuros, vió crecer y medrar hasta que, llenos de vigor y lozanía, empezaron á dar abundante fruto.

Mi lugar está en la misma provincia, y á corta distancia del lugar donde nacieron D. Luis de Vargas y Pepita Jiménez, á quienes supongo que conocen mis lectores; pero no voy á hablar de mi lugar, sino de otro, también muy cercano, á donde suelo ir de temporada, porque tengo allí una capellanía y otros bienes, que me producen, calculando por un quinquenio, cerca de medio duro diario. Este lugar es más pequeño y pobre que el mío y que el de Pepita, y su campo es menos bonito y ameno; pero sus naturales entienden lo contrario, y no dudan de que aquello es lo mejor del mundo.

Situada la población, cuyo nombre se guarda para mayores cosas, á la falda de un árido peñascal ó pelado cerro y rodeada de montes por todas partes, abarca sólo el espectador, aunque se coloque en lo más alto del campanario, un horizonte harto mezquino. Apenas hay huertas en las cercanías, sino viñas, olivares y tierras de pan llevar. Sin embargo, en las cañadas, por donde serpentean sendos arroyuelos, se ven hermosas alamedas, y todo aquel suelo parece á sus hijos, que enamorados le cultivan, tan fértil y bendito, que no aciertan á explicarse naturalmente su fertilidad generosa, y sostienen que el trono de la Santísima Trinidad está colocado precisamente sobre sus cabezas y que deja sentir su benéfico influjo por todos aquellos contornos. Creen, además, que el Santo Patrón del pueblo es muy celoso y activo, y que siempre está intercediendo con Dios para que todo lo prospere y mejore. Así, y no de otra suerte, logran, según ellos, mediante una especial providencia é intervención divina, la riqueza y hermosura del paraíso en que presumen que viven.

La imagen del Santo Patrón es de plata y no tendrá más de treinta centímetros de longitud; pero el valer no se mide por varas. Según tradición piadosa, en otro lugar inmediato ofrecieron una vez por este santo pequeñito quince carretadas de otros santos de todos linajes y dimensiones, y el cambio no fué aceptado. El santo pagó con usura el amor que sus ahijados le profesan. Los que ofrecieron las quince carretadas, viendo que no lograban por buenas la posesión del santo, es fama que le robaron una noche; pero el santo se escapó bonitamente del sitio en que le habían encerrado y volvió á aparecer en su nicho al otro día. Desde entonces está el nicho defendido por gruesas barras de hierro. Y no se crea que se toman estas precauciones por el miserable valor de la plata que pesa el santo, sino porque es el defensor del lugar y su refugio, remedio y amparo en todos los males, adversidades y peligros.

Confieso que el espíritu crítico de nuestra época descreída ha penetrado también en este lugar, amortiguando el entusiasmo por su Santo Patrono; pero aun recuerdo el frenesí, el profundo afecto de gratitud con que le aclamaban, años ha, cuando le sacaban en procesión é iba la fervorosa muchedumbre gritando delante de él: «¡Viva nuestro Santo Patrono, que es tamaño como un pepino y hace más milagros que cinco mil demonios!», expresión sincera de la persuasión en que estaban de que su santo, si es lícito buscar ejemplos en lo profano para lo sagrado y en lo material para lo espiritual, así como tal máquina de vapor tiene fuerza mecánica de tantos miles de caballos, tenía fuerza taumatúrgica nada menos que de cinco mil demonios, á pesar de lo pequeño que era.

Lo que yo no he visto nunca, lo que no quiero creer, lo que me parece invención y habladuría de los pueblos cercanos para dar vaya á los de este pueblo, es el exceso de familiaridad con que trataban en ocasiones á su santo, llevándole, cuando no llovía, á una fuente que llaman el Pilar de Abajo, y zambulléndole allí para que lloviese, lo cual, se añade, no dejaba nunca de ocurrir en el acto ó pocas horas después. Sobre esto de la zambullida devota tengo yo mis dudas. Los lugareños de Andalucía son envidiosos y burladores, y pueden haberlo inventado sin fundamento.

No es, por desgracia, lo de la zambullida la única cantaleta que dan á los del lugar de que hablo. Como hay en él muchos rubios, y hubo hasta pocos años ha un rico convento de frailes dominicos, los llaman, para exasperarlos, hijos del Padre Bermejo, lo cual ha ocasionado frecuentes pedreas entre muchachos de unos pueblos y otros, y mojicones, y á veces palos y hasta navajazos entre hombres, turbando la paz de que debe gozarse en ferias y romerías.

No es caso singular el que refiero. Apenas hay lugar en Andalucía contra el cual no se haya inventado algún chiste ofensivo en los lugares circunstantes. Del Viso, por ejemplo, se dice que es la tierra de las chimeneas, porque no las hay, y se pregunta si saben allí lo que son piñones, porque apenas si se produce algo más que piñones en todo su término. Sobre Valenzuela y Porcuna se difunden mil epigramas, porque no hay leña ni carbón en muchas leguas á la redonda, y se calientan y guisan con combustible poco oloroso. De Palma del Río aseguran que nadie almuerza allí más que naranjas, y que, no concibiéndose ni la mera posibilidad de que nadie almuerce otra cosa, hacen esta pregunta: donde no hay naranjas, ¿qué almorzarán? Á los de Tocina los embroman afirmando que la música de la misa mayor se acompaña con una guitarra, porque no hay órgano en la iglesia. Á los de Fuentes de Andalucía basta llamarlos de Fuentes de la Campana para que se enojen. De otro lugar donde hay una torre muy primorosa, se dice que á todo forastero que la ve y la admira, procuran los naturales inculcarle en la mente que la dicha torre, está hecha allí.

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