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Dulce Dueño
by Pardo Bazán, Emilia, condesa de
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Public-domain ebook sourced from Project Gutenberg #56044.

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Escuchad.
Fuera, llueve:--lluvia blanda, primaveral. No es tristeza lo que fluye del cielo; antes bien, la hilaridad de un juego de aguas pulverizándose con refrescante goteo menudo. Dentro, en la paz de una velada de pueblo tranquilo, se intensifica la sensación de calmoso bienestar, de tiempo sobrante, bajo la luz de la lámpara, que proyecta sobre el hule de la mesa un redondel anaranjado.
La claridad da de lleno en un objeto maravilloso. Es una placa cuadrilonga de unos diez centímetros de altura. En relieve, campea destacándose una figurita de mujer, ataviada con elegancia fastuosa, á la moda del siglo XV. Cara y manos son de esmalte; el ropaje, de oros cincelados y también esmaltados, se incrusta de minúsculas gemas, de pedrería refulgente y diminuta como puntas de alfiler. En la túnica, traslucen con vítreo reflejo los carmesíes; en el manto, los verdes de esmaragdita. Tendido el cabello color de miel por los hombros, rodea la cabeza diadema de diamantillos, sólo visibles por la chispa de luz que lanzan. La mano derecha de la figurita descansa en una rueda de oro obscuro, erizada de puntas, como el lomo de un pez de aletas erectas. Detrás, una arquitectura de finísimas columnas y capitelicos áureos.
En sillones forrados de yute desteñido, ocupan puesto alrededor de la mesa tres personas. Una mujer, joven, pelinegra, envuelta en el crespón inglés de los lutos rigurosos. Un vejezuelo vivaracho, seco como una nuez. Un sacerdote cincuentón, relleno, con sotana de mucho reluz, tersa sobre el esternón bombeado.
--¿Leo ó no la historia?--urge el eclesiástico, agitando un rollo de papel.
--La patraña--critica el seglar.
--La leyenda--corrige la enlutada--. Cuanto antes, señor Magistral. Deseando estoy saber algo de mi Patrona.
--Pues lo sabrás... Es decir, en estos asuntos, ya se te alcanza que las noticias rigurosamente históricas no son copiosas. Hay que emitir alguna suposición, siempre razonada, en los puntos dudosos. Yo someto mi trabajo á la decisión de nuestra Santa Madre la Iglesia. Vamos, la sometería si hubiese de publicar. Aquí entre nosotros, aunque adorne un poco... En no alterando la esencia... Y saltaré mucho, evitando prolijidades. Y á veces no leeré; conversaremos.
La pelinegra se recostó y entornó los ojos para escuchar recogida. El vejete, en señal de superioridad, encendió un cigarrillo. El canónigo rompió á leer. Tenía la voz pastosa, de registros graves. Tal vez al transcribir aquí su lección se deslicen en ella bastantes arrequives de sentimiento ó de estética que el autor reprobaría.
«Catalina nació hija de un tirano, en Alejandría de Egipto. No está claro quién era este tirano, llamado Costo. Es preciso recordar que después del asedio y espantosa debelación de la ciudad por Diocleciano el Perseguidor, que ordenó á sus soldados no cejar en la matanza hasta que al corcel del César le llegase la sangre á las corvas, vino un período de anarquía en que brotaron á docenas régulos y tiranuelos, y hubo, por ejemplo, un cierto Firmo, traficante en papiros, que se atrevió á batir moneda con su efigie...»
Interrupción del vejezuelo.
--Para usted, Carranza, el caso es que el cuento revista aire de autenticidad...
--Déjeme oir, amigo Polilla...--suplicó la de los fúnebres crespones--. Sin un poco de ambiente, no cabe situar un personaje histórico.
--¡Bah! Este personaje no es...
--¡Silencio!
«Alejandría, por entonces, fué el punto en que el paganismo se hizo fuerte contra las ideas nuevas. Porque el paganismo no se defendía tan sólo martirizando y matando cristianos; hasta los espíritus cultos de aquella época dudaban de la eficacia de una represión tan atroz. Acaso fuese doblemente certero desmenuzar las creencias y los dogmas, burlarse de ellos, inficionarlos y desintegrarlos con herejías, sofismas y malicias filosóficas...»
Inciso.
--La estrategia de nuestro buen amigo don Antón...
Polilla se engalló, satisfecho de ser peligroso.
«No ignoran ustedes los anales de aquella ciudad singularísima, desde que la fundó Alejandro dándole la forma de la clámide macedonia hasta que la arrasó Ornar. Olvidado tendrán ustedes de puro sabido que el primer rey de la dinastía Lagida, aquel Tolomeo Sotero, tan dispuesto para todo, al instituir la célebre Escuela, hizo de Alejandría el foco de la cultura. Decadente ó no, en el mundo antiguo la Escuela resplandece. La hegemonía alejandrina duró más que la de Atenas; y si bajo la dominación romana sus pensadores se convirtieron en sofistas, tal fenómeno se ha podido observar igualmente en otras escuelas y en otros países.
Bajo Domiciano empezó á insinuarse en Alejandría el cristianismo. Notóse que bastantes mujeres nobles, que antes reían á carcajadas en los festines, ahora se cubrían los cabellos con un velo de lana y bajaban los ojos al cruzar por delante de estatuas... así... algo impúdicas...»
--Vamos, las primeras beatas...--picoteó Polilla.
»--Es el caso que griegos y judíos--hiló el Magistral--andaban, en Alejandría, á la greña continuamente. Con el advenimiento de los cristianos se complicó el asunto. La confusión de sectas y teologías hízose formidable. Allí se adoraba ya á Jehová ó Jahveh, á la Afrodita, llamada por los egipcios Hathor, al buey Apis y á Serapis, que según el emperador Adriano no era otra cosa sino un emblema de Nuestro Señor Jesucristo, el cual, bajo su verdadero nombre, empezó á ser esperanza y luz de las gentes. Y en Alejandría, además de la persecución pagana, surgió la persecución egipcia, y el pueblo fanatizado degolló á muchos cristianos infelices...»
--¿Eeeh?--satirizó don Antón.
--¡Digo, felicísimos!
»Diocleciano, que parece el más perseguidor de los Césares, tenía sus artes de político, y en Egipto no quería meterse con los dioses locales. Al ver la impopularidad de los cristianos, les sentó mano fuerte. En tal época, cuando el cristianismo aun suscitaba odio y desprecio, despunta la personalidad de Catalina.
Esta mujer es de su tiempo, y en otro siglo no se concibe. Y su tiempo era de pedantería y de cejas quemadas á la luz de la lámpara. En Egipto, las mujeres se dedicaban al estudio como los hombres, y hubo reinas y poetisas notables, como la que compuso el célebre himno al canto de la estatua de Memnon. No extrañemos que Catalina profundizase ciencias y letras. En cuanto á su físico, es de suponer, que, siendo de helénica estirpe (el nombre lo indica), no se pareciese á las amarillentas egipcias, de ojos sesgos y pelo encrespado.
Se educó entre delicias y mimos, en pie de princesa altanera, entendida y desdeñosa. Llegó la hora en que parecía natural que tomase estado, y se fijó en la cohorte de los mozos ilustres de Alejandría, que todos bebían por ella los vientos. Fueron presentándose, y al uno por soso, y al otro por desaliñado, y á éste por partidario del zumo parral, y á aquél por corrompido y amigo de las daifas, y al de la derecha por afeminado, y al de la izquierda por tener el pie mal modelado y la pierna tortuosa, á todos por ignorantes y nada frecuentadores del Serapión y de la Biblioteca, les fué dando, como diríamos hoy, calabazas...
Con esto se ganó renombre de orgullosa, y se convino en que, bajo las magnificencias de su corpiño, no latía un corazón. Sin duda Catalina no era capaz de otro amor que el propio; y sólo á sí misma, y ni aun á los dioses, consagraba culto.
Algo tenía de verdad esta opinión, difundida por el despecho de los procos ó pretendientes de la princesa. Catalina, persuadida de las superioridades que atesoraba, prefería aislarse y cultivar su espíritu y acicalar su cuerpo, que entregar tantos tesoros á profanas manos. Su existencia tenía la intensidad y la amplitud de las existencias antiguas, cuando muy pocos poderosos concentraban en sí la fuerza de la riqueza, y por contraste con la miseria del pueblo y la sumisión de los esclavos, era más estético el goce de tantos bienes. Habitaba Catalina un palacio construído con mármoles venidos de Jonia, cercado de jardines y refrescado por la virazón del puerto. Las terrazas de los jardines se escalonaban salpicadas de fuentes, pobladas de flores odoríferas traídas de los valles de Galilea y de las regiones del Atica, y exornadas por vasos artísticos robados en ciudades saqueadas, ó comprados á los patricios que, arruinándose en Roma, no podían sostener sus villas de la Campania y de Sorrento. Para amueblar el palacio se habían encargado á Judea y Tiro operarios diestros en tallar el cedro viejo y tornear el marfil é incrustar la plata y el bronce, y de Italia pintores que sabían decorar paredes al fresco y encáustico. Y la princesa, deseosa de imprimir un sello original á su morada, de distinguir su lujo de los demás lujos, buscó los objetos únicos y singulares, é hizo que su padre enviase viajeros ó le trajese en sus propios periplos rarezas y obras maestras de pintura y escultura, joyas extrañas que pertenecieron á reinas de países bárbaros, y trozos de ágata arborescente en que un helecho parecía extender sus ramas ó una selva en miniatura espesar sus frondas...»
--¿No has notado una cosa, Lina?--se interrumpió á sí mismo el Magistral, volviéndose hacia la pelinegra y abatiendo el tono.
--¿Qué es ello?
--Que todas las representaciones en el arte de Catalina Alejandrina la presentan vestida con fausto y elegancia. Desde luego, en cada época, la vestidura es al estilo de entonces; porque no tenían los escrúpulos de exactitud que ahora. Fíjate en esta medalla ó placa que nos has traído. ¿Qué atavíos, eh? Y no es como María Magdalena, que pasó de los brocados á la estera trenzada. Puesta la mano en la rueda de cuchillos que la ha de despedazar, Catalina luce las mismas galas, que son una necesidad de su naturaleza estética. Es una apasionada de lo bello y lo suntuoso, y por la belleza tangible se dirigió hacia la inteligible. Así la tradición, que sabe acertar, hace tan esplendentes las imágenes de la Santa...
--Me gusta Catalina Alejandrina--. Lacónica, la enlutada parpadeó, alisando su negro «gaspar», que le ensombrecía y entintaba las pupilas.
»Pues ha de saberse que los emisarios de Costo aportaron al palacio, entre otras reliquias, dos prendas que, según fama, á Cleopatra habían pertenecido: una era la perla compañera de la que dicen disuelta en vinagre por la hija de los Lagidas--lo cual parece fábula, pues el vinagre no disuelve las perlas--, y la otra presea, una cruz con asas, símbolo religioso, no cristiano, que la reina llevaba al pecho. La perla era de tal grosor, que cuando Catalina la colgó á su cuello--fíjate, el artista florentino autor de esa placa no omitió el detalle--hubo en la ciudad una oleada de envidia y de malevolencia. ¿Se creía la hija de Costo reina de Egipto? ¿Cómo se atrevía á lucir las preseas de la gran Cleopatra, de la última representante de la independencia, la que contrastó el poder de Roma?
Por su parte, los romanos tampoco vieron con gusto el alarde de la hija del tiranuelo. ¿Sería ambiciosa? ¿Pretendería encarnar las ideas nacionales egipcias? ¡Todo cabía en su carácter resuelto y varonil!
También los cristianos--aunque por razones diferentes--miraban á Catalina con prevención. Sabían que el cristianismo era repulsivo á la princesa. No hubiese Catalina perseguido con tormentos y muerte; no ordenaría para nadie el ecúleo ni los látigos emplomados; algo peor, ó más humillante, tenía para los secuaces del Galileo: el desdén. No valía la pena ni de ensañarse con los que serían capaces de martillear las estatuas griegas, con los que huían de las termas y no se lavaban ni perfumaban el cabello. El cristianismo, dentro de la ciudad, se le aparecía á Catalina envuelto en las mallas de mil herejías supersticiosas; y sólo algunos lampos de llama viva de fe, venidos del desierto, la atraían, momentáneamente, como atrae toda fuerza. Los solitarios...»
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