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La quinta de Palmyra (Novela grande)
Language: es526 downloads on Project Gutenberg
Subjects
In: Novels
Public-domain ebook sourced from Project Gutenberg #63228.

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El ruso. En el «Libro Popular».--_Ruskin el apasionado_, estudio crítico publicado con la traducción de «Las piedras de Venecia». Editorial «Prometeo», Valencia.--_Tapices_ (agotada).
El Rastro. Editorial «Prometeo», Valencia, 1,50 pesetas.
Pombo (tomo 1.º). Librería Beltrán, Príncipe, 16, 4 pesetas. Numerosos grabados.--_Senos_ (ilustraciones de Apa). Librería Beltrán, Príncipe, 16.--_Greguerías._ Editorial «Prometeo», Valencia.
El Alba. Editorial «Saturnino Calleja».--_Greguerías selectas._ Prólogo de Rafael Calleja, 2,50 pesetas. Editorial «Saturnino Calleja».
El libro nuevo, 4 pesetas. Beltrán, Príncipe, 16.--_Virguerías_, 4 pesetas (Los pedidos al autor, Velázquez, 4, torreón)--_Variaciones._ Ilustrado por el autor, Atenea, Ferraz, 21.--_El Prado_, numerosos grabados, 2,50 pesetas. Beltrán, Príncipe, 16.--_Toda la Historia de la Puerta del Sol y otras muchas cosas._ Con numerosas ilustraciones, 1 peseta. Beltrán, Príncipe, 16.--_El drama del Palacio deshabitado_ (2.ª edición, seguido de otras obras de teatro como La Utopía, Beatriz, La Corona de hierro, El lunático). Un tomo 5 pesetas. Editorial América. Sociedad General de Librería, Ferraz, 21.--_El Doctor inverosímil._ Novela grande. Atenea, Ferraz, 21. Disparates. Calpe. Colección de humoristas.--_Pombo_, segundo tomo, con numerosos grabados. Beltrán, Príncipe, 16, 10 pesetas.--_Los muertos y las muertas_, (Atenea).--_El Gran Hotel._ Novela grande. Editorial América, Ferraz, 21. Leopoldo y Teresa. En «La Novela Corta».--_El olor de las mimosas._ En «La Novela Corta».--_Ramonismo._ Ilustrado por el autor. Calpe. Colección humoristas.--_El Novelista_, (novela grande). Sempere, calle Martí. C. C. (Valencia).--_El incongruente._ Novela grande. Calpe.--_La Saturada._ «La Novela Corta».--_Vida, pasión y muerte de un humorista_ (novela grande). Calpe.--_El hijo del relojero_, (novela grande).--_El ramo de Begonias_ (novela grande).
El Chalet de las Rosas (novela grande), 4 pesetas. Sempere, calle Martí C. C. (Valencia).--_El Circo_ (en la serie «Los Guasones»). 2.ª edición muy aumentada y corregida con portada de Bon e ilustraciones de Apa y del propio autor. Sempere, calle Martí C. C. (Valencia).--_Cinelandia_, novela grande, 4 pesetas. Sempere, Martí C. C. (Valencia).--_La malicia de las acacias_, novelas, 4 pesetas. Sempere, Martí C. C. (Valencia).--_Gollerías_, con numerosas Ilustraciones del autor (también en la serie «Los Guasones»), 4 pesetas. Sempere, calle Martí C. C. (Valencia).--_Mauricio Barrés el enlutado_, con grabados y fotografías. Sempere, calle Martí C. C (Valencia).
Obras publicadas por la «Biblioteca Nueva» (Lista, 66)
Muestrario, 4 pesetas.--_In Memoriam_, de Silverio Lanza, 4 pesetas.--_El cubismo y todos los ismos_ (con numerosas ilustraciones).--_Efigies_ (dos tomos con curiosos grabados, a 4 pesetas tomo).--Tomo I, Aloisyus Bertrán, Baudelaire, conde Villies de L’Isle Adam, Gerardo de Nerval.--Tomo II, Oscar Wilde, El conde de Lautreamont, D’Annunzio, Remy y Jean de Gourmont, Colette Willy, Edgard Poe.
Echantillons. (Trad. Valery Larbaud y Matilde Pomes en «Les Cahiers verts».) Seins. (con ilustraciones en «Les Cahiers d’aujourd’hui»). La veuve blanche et noire. (Prólogo de Valery Larbaud, trad. de Jean Cassou, en la editorial Simón Kra.) Le Docteur Invraisemblable (Prólogo de Jean Cassou y trad. de Marcelle Auclair, en la editorial Simón Kra.)--_Gustave l’Incongru_ (traducción de Jean Cassou en la editorial Simón Kra).--_El Incongruente_, La viuda blanca y negra, Cinelandia, Ramonismo, El Doctor Inverosímil y El Gran Hotel, han sido traducidos al alemán.
Primero había una alta tapia cubierta de musgo pardo como si llevase sobre los hombros una capa de terciopelo. La puerta era una enorme puerta en cuyas dos columnas ponía: en la de la izquierda QUINTA, y en la de la derecha DE PALMYRA con su particular ortografía portuguesa. Sobre las columnas se destacaban dos jarrones tradicionales.
Los árboles, más que centenarios, intentaban ocultar el palacio; pero se le entreveía en el fondo recibiendo dos caminos en su puerta central, a la que se subía por una suntuosa escalinata.
Era un palacio clarito y triste. En los copones de sus esquinas estaba depositada el agua de las lluvias antiguas, como reservorio de las lágrimas del cielo.
En el centro, sobre el ángulo de la frente de la casa, como atributo divino, había una diosa pagana que se recogía la túnica sobre las bellas piernas. Era de mármol y tenía los colores variados del tiempo y los hoyuelos que hace la lluvia en el mármol como si le regastase el mar. ¡Cuánta lluvia había bañado a aquella mujer!
Quitaba aquella escultura a la casa lo que de picudo tienen los tejados en forma de toca.
En señal de gratitud, ya que las chimeneas hacen tanto bien a las casas, como todas las chimeneas de Portugal, aquellas de la Quinta estaban elevadas y convertidas en algo más que en chimeneas y parecían palomares, vástagos de la casa con pretensión de ser alguna vez casas auténticas, nuevas casas más altas que la madre.
En los guisos campesinos y magníficos que se preparasen en aquella cocina tenían que influir las chimeneas artísticas de alargada y ancha rendija, muy boconas para dar salida a todo el humo de las grandes cazuelas.
En un lado del pecho de la casa había incrustados unos cuantos azulejos azules, de esos tan portugueses en que parece derrumbarse un cielo azul recién lavado, con nubes que aún no han acabado de destrizarse, nubes buenas que han endulzado el cielo con sus azucarillos.
Esos azulejos portugueses en que se refleja un día hermoso y un poco mojado decoraban las fachadas del palacio de Palmyra, palacio de melancolía antigua, melancolía deliciosa como lo es el vino viejo.
¡Qué reflejo de un día antiguo había en los ladrillos azulencos y optimistas!...
Entre todos los azulejos sin disimulo en sus junturas, se componía una viñeta marina, un navío azotado por los vientos y por la tempestad.
Ya esos cuadros de azulejos que suele haber siempre en las fachadas portuguesas ponen lágrimas, ojos azules a través de lágrimas, en la fisonomía de la casa.
¿Qué día indeleble se refleja en las placas sensibles de los azulejos? ¿El día inaugural y feliz de la casita?
El tono de la saudade está ya en esos azulejos azulosos, azulinos, azulosados.
A Palmyra le costaba siempre un suspiro el mirarlos.
A un lado, en lo alto, tenía la Quinta una espadaña con su campanita para pedir auxilio.
Los balcones eran todos desiguales. Unos tenían un saliente excepcional, otros tenían una visera de tejas en lo alto, alguno estaba cerrado por una especie de celosía pintada de verde. Las ventanas en lo alto, miraban a través de sus cristalitos, como ventanas encaramadas desde las que se veía el mar un confín más allá, un escalón más abajo del escalón visible del horizonte.
Todos los balcones y todas las ventanas tenían visillos blancos de fina batista con ondulada muceta. La ropa blanca de los balcones siempre estaba aseada y se lucían los embozos de la intimidad de la casa encañonados y pulidos como chorrera de blusa blanca.
Se presentía detrás de esas muestras un pecho limpio y puro de mujer pulcra que huele al alba angélica de la ropa blanca muy bien lavada y oreada.
Iría bien a los senos de la mujer que se asomase detrás de esos visillos su gran presentación rizada y atirabuzonada.
En el jardín se encontraban cenadores, mesas de granito, bancos de parque antiguo con aire de sofás de piedra y un estanque chiquitín al que servía de fuente un niño guiando un cangrejo, niño sentado en unas peñas cubiertas de conchas del mar, como si fuesen conchas de peregrino.
El jardín de la Quinta abrazaba al palacete y se veía que sentía mucho cariño por él. Estaba contento de rodear aquella casa de sensata traza, aquel refugio de segura intimidad.
En aquel rincón de Portugal, junto al pueblecito de Ardantes, la paz del mundo era regia y aquella Quinta respiraba felicidad y sosiego.
Todo el paisaje ayudaba a esa sensación, un paisaje de ningún lado del mundo, paisaje de los cuadros relojeros que tienen el reloj en una torrecita del panorama. Un paisaje lleno de nubes suspensas, de esas nubes que retienen los días inmóviles, como si fuesen desprendimientos dejados en su marcha y a flote en el ambiente calmo por el tren del tiempo.
Serán esas nubes como humo que no se deshará hasta la mañana siguiente, en esa hora disolvente del alba que puede con todo.
La Quinta estaba sola en un buen trecho de aquel gran paisaje; pero después se veían muchos hotelitos, hotelitos trazados por el tiralíneas del capricho, hotelitos felices que se hicieron con la ventana ideal en el sitio estratégico de la pared y en la forma que señaló con lápiz el mismo propietario.
Eran hoteles para el verano.
Por eso casi todos estaban cerrados. ¡Cuánta gente construye un hotel y a raíz de eso pierde la felicidad o escoge otro sitio o muere sin que nadie se ocupe en mucho tiempo del hotel cerrado!
¿Qué muebles nostálgicos, qué espejos secos por no tener imágenes en tanto tiempo y qué consolas carcomidas no habrá en el fondo de esos hotelitos?
Se destacaban los torreones, esos torreones inútiles en los que no hay nunca un vigía, hechos en balde para que no suba nunca nadie, torreones orgullosos a los que sólo ascendió el dueño de la casa el día de la inauguración.
Miraban sus deslumbrados cristales a sitios distintos, con visión de horizontes nuevos y como observando mares de distinta clase y de distinto color.
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