
Alicia en el país de las maravillas
de Lewis Carroll1865
Surrealista, onírico y hecho para ilustrarse. El libro que la propia Alicia habría querido ver con dibujos.
Por la madriguera del Conejo
Alicia empezaba ya a cansarse mucho de estar sentada junto a su hermana en la orilla, sin nada que hacer: una o dos veces se había asomado al libro que leía su hermana, pero no tenía ilustraciones ni diálogos, «¿y de qué sirve un libro», pensó Alicia, «sin ilustraciones ni diálogos?».

Así que estaba pensando para sus adentros (tan bien como podía, porque el calor del día la tenía muy adormilada y torpe) si el placer de tejer una guirnalda de margaritas valdría la molestia de levantarse a recogerlas, cuando de pronto un Conejo Blanco de ojos rosados pasó corriendo muy cerca de ella.
No había en ello nada tan extraordinario; ni a Alicia le pareció tan fuera de lo común oír que el Conejo se decía a sí mismo: «¡Ay, Dios mío! ¡Ay, Dios mío! ¡Voy a llegar tarde!» (cuando lo pensó después, se le ocurrió que debería haberse asombrado, pero en aquel momento todo le pareció de lo más natural); pero cuando el Conejo sacó nada menos que un reloj del bolsillo del chaleco, lo miró y siguió corriendo, Alicia se puso en pie de un salto, porque de repente cayó en la cuenta de que nunca había visto un conejo con bolsillo en el chaleco, ni con un reloj que sacar de él, y ardiendo de curiosidad cruzó el campo corriendo tras él, y por suerte llegó justo a tiempo de verlo colarse en una gran madriguera bajo el seto.
Un instante después, allá fue Alicia tras él, sin pararse a pensar ni una sola vez cómo diantres iba a salir de allí.
La madriguera seguía recta como un túnel durante un trecho y luego se hundía de pronto, tan de pronto que Alicia no tuvo ni un instante para pensar en detenerse antes de verse cayendo por un pozo muy profundo.

O el pozo era muy profundo, o ella caía muy despacio, porque mientras bajaba tuvo tiempo de sobra para mirar a su alrededor y preguntarse qué iba a pasar a continuación. Primero intentó mirar hacia abajo para ver adónde iba a parar, pero estaba demasiado oscuro para distinguir nada; luego miró las paredes del pozo y vio que estaban llenas de alacenas y estanterías de libros; aquí y allá había mapas y cuadros colgados de clavos. Al pasar, tomó un tarro de uno de los estantes; tenía una etiqueta que decía «MERMELADA DE NARANJA», pero, para su gran decepción, estaba vacío: no quiso soltar el tarro por miedo a matar a alguien que estuviera debajo, así que se las arregló para dejarlo en una de las alacenas mientras pasaba de largo en su caída.
—¡Vaya! —pensó Alicia—. ¡Después de una caída como esta, rodar por las escaleras no me parecerá nada! ¡Qué valiente me van a creer todos en casa! ¡Pues no diría ni una palabra aunque me cayera del tejado! (Lo cual era muy probablemente cierto.)
Abajo, abajo, abajo. ¿Es que la caída no iba a terminar nunca? «Me pregunto cuántas millas habré caído ya», dijo en voz alta. «Debo de estar llegando cerca del centro de la Tierra. Veamos: eso serían cuatro mil millas hacia abajo, creo…» (porque, ya ven, Alicia había aprendido varias cosas de este tipo en sus lecciones en la escuela, y aunque no era una ocasión muy buena para lucir sus conocimientos, ya que no había nadie que la escuchara, aun así era buena práctica repetirlas) «…sí, esa es más o menos la distancia correcta… pero entonces, ¿a qué Latitud o Longitud habré llegado?» (Alicia no tenía ni idea de qué era la Latitud, ni tampoco la Longitud, pero le parecían palabras bonitas e importantes.)

Al poco rato empezó otra vez. «¡A lo mejor atravieso la Tierra de parte a parte! ¡Qué gracioso será salir entre esa gente que anda cabeza abajo! Los Antipáticos, creo…» (esta vez se alegró bastante de que no hubiera nadie escuchando, porque aquella no sonaba en absoluto como la palabra correcta) «…pero tendré que preguntarles cómo se llama el país, claro. Por favor, señora, ¿esto es Nueva Zelanda o Australia?» (y mientras hablaba intentó hacer una reverencia: ¡imagínense, hacer una reverencia mientras se cae por el aire! ¿Creen que ustedes podrían lograrlo?) «¡Y qué niña tan ignorante pensará que soy por preguntarlo! No, no conviene preguntar: quizá lo vea escrito en alguna parte.»
Abajo, abajo, abajo. No había otra cosa que hacer, así que Alicia pronto se puso a hablar de nuevo. «¡Seguro que Dina me extrañará mucho esta noche!» (Dina era la gata.) «Espero que se acuerden de su platito de leche a la hora del té. ¡Dina, querida! ¡Ojalá estuvieras aquí abajo conmigo! Me temo que en el aire no hay ratones, pero podrías cazar un murciélago, y eso se parece mucho a un ratón, ¿sabes? Pero ¿comerán murciélagos los gatos?» Y en esto Alicia empezó a tener bastante sueño, y siguió diciéndose, medio en sueños: «¿Comen murciélagos los gatos? ¿Comen murciélagos los gatos?», y a veces: «¿Comen gatos los murciélagos?», porque, ya ven, como no sabía responder a ninguna de las dos preguntas, poco importaba cómo la planteara. Sintió que se estaba quedando dormida, y apenas había empezado a soñar que paseaba de la mano con Dina y le decía muy seriamente: «Vamos, Dina, dime la verdad: ¿alguna vez te has comido un murciélago?», cuando de pronto, ¡pum!, ¡pum!, fue a dar sobre un montón de ramitas y hojas secas, y se acabó la caída.

Alicia no se hizo ni pizca de daño, y en un instante se puso en pie de un salto: miró hacia arriba, pero allí todo estaba oscuro; delante de ella se abría otro pasadizo largo, y aún se veía al Conejo Blanco, que lo recorría a toda prisa. No había ni un momento que perder: allá fue Alicia como el viento, y llegó justo a tiempo de oírle decir, al doblar una esquina: «¡Ay, mis orejas y mis bigotes, qué tarde se está haciendo!». Iba muy cerca de él cuando ella dobló la esquina, pero el Conejo ya no se veía por ninguna parte: se encontró en una sala larga y baja, iluminada por una hilera de lámparas que colgaban del techo.
Había puertas por toda la sala, pero estaban todas cerradas con llave; y cuando Alicia hubo recorrido un lado de punta a punta y luego el otro, probando cada puerta, echó a andar tristemente por el centro, preguntándose cómo iba a salir de allí alguna vez.
De pronto se encontró con una mesita de tres patas, toda de cristal macizo; no había nada encima salvo una diminuta llave de oro, y lo primero que pensó Alicia fue que podría ser de alguna de las puertas de la sala; pero, ¡ay!, o las cerraduras eran demasiado grandes o la llave era demasiado pequeña, y el caso es que no abría ninguna. Sin embargo, en la segunda vuelta, dio con una cortina baja en la que no se había fijado antes, y detrás había una puertecita de unas quince pulgadas de alto: probó la llavecita de oro en la cerradura y, para su enorme alegría, ¡encajaba!

Alicia abrió la puerta y vio que daba a un pasadizo pequeño, no mucho más grande que una ratonera: se arrodilló y, al fondo del pasadizo, vio el jardín más precioso que hayan visto jamás. ¡Cómo deseaba salir de aquella sala oscura y pasear entre aquellos macizos de flores de vivos colores y aquellas fuentes frescas! Pero ni siquiera podía meter la cabeza por la entrada; «y aunque me pasara la cabeza», pensó la pobre Alicia, «de muy poco me serviría sin los hombros. ¡Ay, cómo me gustaría poder plegarme como un telescopio! Creo que podría, si tan solo supiera por dónde empezar». Porque, ya ven, últimamente habían pasado tantas cosas fuera de lo común que Alicia había empezado a pensar que en realidad muy pocas cosas eran imposibles.
No parecía tener sentido quedarse esperando junto a la puertecita, así que volvió a la mesa, medio esperando encontrar otra llave encima, o al menos un libro de reglas para plegar a la gente como telescopios: esta vez encontró en ella una botellita («que desde luego antes no estaba aquí», dijo Alicia), y alrededor del cuello de la botella había una etiqueta de papel con las palabras «BÉBEME» bellamente impresas en letras grandes.
Fin del adelanto
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