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Portada de Las aventuras de Sherlock Holmes

Las aventuras de Sherlock Holmes

de Arthur Conan Doyle1892

Doce casos breves. Un Londres de niebla y farolas de gas. Deducciones visuales convertidas en viñetas de cómic.

Retrato de Sherlock HolmesHolmes
Retrato de John WatsonJohn
Retrato de Irene AdlerIrene
Retrato de Mrs. HudsonHudson
Retrato de Inspector LestradeLestrade
Retrato de King of BohemiaKing
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Escándalo en Bohemia

Para Sherlock Holmes, ella es siempre la mujer. Rara vez le he oído nombrarla de otro modo. A sus ojos, eclipsa y domina a todo su sexo. No es que sintiera por Irene Adler nada parecido al amor. Todas las emociones, y esa en particular, repugnaban a su mente fría, precisa y, sin embargo, admirablemente equilibrada. Era, a mi entender, la máquina de razonar y observar más perfecta que el mundo haya conocido; pero como enamorado se habría colocado en una posición falsa. Nunca hablaba de las pasiones más tiernas si no era con una burla o un gesto de desdén. Eran cosas admirables para el observador, excelentes para descorrer el velo que cubre los motivos y los actos de los hombres. Pero que el razonador adiestrado admitiera tales intrusiones en su propio temperamento, delicado y finamente ajustado, equivalía a introducir un factor de distracción capaz de arrojar dudas sobre todos sus resultados mentales. Un grano de arena en un instrumento sensible, o una grieta en una de sus potentes lentes, no resultarían más perturbadores que una emoción intensa en una naturaleza como la suya. Y, sin embargo, para él no hubo más que una mujer, y esa mujer fue la difunta Irene Adler, de dudosa y discutible memoria.

Por el Londres de las farolas de gas
Por el Londres de las farolas de gasHolmes y Watson siguen una pista entre la niebla y la luz de las farolas de Londres.

Últimamente había visto poco a Holmes. Mi matrimonio nos había ido alejando. Mi propia y completa felicidad, y los intereses domésticos que surgen en torno al hombre que por primera vez se ve dueño de su propio hogar, bastaban para absorber toda mi atención, mientras que Holmes, que aborrecía toda forma de vida social con su entera alma bohemia, seguía en nuestras habitaciones de Baker Street, sepultado entre sus viejos libros y alternando, semana tras semana, entre la cocaína y la ambición, entre el sopor de la droga y la feroz energía de su aguda naturaleza. Seguía, como siempre, profundamente atraído por el estudio del crimen, y empleaba sus inmensas facultades y su extraordinario poder de observación en seguir aquellas pistas y aclarar aquellos misterios que la policía oficial había abandonado por imposibles. De vez en cuando me llegaba algún relato vago de sus andanzas: de su llamada a Odesa con motivo del asesinato de Trepoff, de cómo había esclarecido la singular tragedia de los hermanos Atkinson en Trincomalee y, por último, de la misión que había cumplido con tanta delicadeza y tanto éxito para la familia reinante de Holanda. Más allá de estas señales de su actividad, que yo me limitaba a compartir con todos los lectores de la prensa diaria, poco sabía de mi antiguo amigo y compañero.

Una noche —era el veinte de marzo de 1888— volvía yo de visitar a un paciente (pues había regresado al ejercicio civil de la medicina), cuando mi camino me llevó por Baker Street. Al pasar ante la puerta tan recordada, que siempre irá unida en mi memoria a mi noviazgo y a los sombríos sucesos de Estudio en escarlata, me asaltó un vivo deseo de volver a ver a Holmes y de saber en qué empleaba sus extraordinarias facultades. Sus habitaciones estaban brillantemente iluminadas y, en el mismo momento en que alcé la vista, vi su figura alta y enjuta pasar dos veces, como una silueta oscura, contra la persiana. Recorría la habitación a paso rápido, ansioso, con la cabeza hundida sobre el pecho y las manos enlazadas a la espalda. A mí, que conocía cada uno de sus humores y costumbres, su actitud y sus maneras me contaban su propia historia. Había vuelto al trabajo. Había salido de sus sueños de droga y seguía de cerca el rastro de algún problema nuevo. Toqué la campanilla y me hicieron subir a la estancia que en otro tiempo había sido en parte mía.

El visitante del antifaz
El visitante del antifazUn cliente con pieles y un antifaz negro entra en Baker Street, convencido de que su disfraz resistirá.

Sus maneras no eran efusivas. Rara vez lo eran; pero creo que se alegró de verme. Casi sin pronunciar palabra, aunque con una mirada amable, me señaló un sillón con un gesto, me lanzó su cigarrera y me indicó una licorera y un sifón en el rincón. Luego se plantó ante el fuego y me examinó de arriba abajo con aquel modo suyo, tan singular e introspectivo.

—El matrimonio le sienta bien —observó—. Creo, Watson, que ha engordado usted siete libras y media desde la última vez que lo vi.

—¡Siete! —respondí.

—En efecto, yo habría dicho que algo más. Solo un poquito más, me parece, Watson. Y veo que ejerce de nuevo. No me dijo que pensara volver al yugo.

—Entonces, ¿cómo lo sabe?

—Lo veo, lo deduzco. ¿Cómo sé que últimamente se ha empapado usted a conciencia y que tiene una criada de lo más torpe y descuidada?

—Mi querido Holmes —dije—, esto es demasiado. Si hubiera vivido usted hace unos siglos, sin duda lo habrían quemado en la hoguera. Es cierto que el jueves di un paseo por el campo y volví a casa hecho un desastre, pero, como me he cambiado de ropa, no logro imaginar cómo lo deduce. En cuanto a Mary Jane, es incorregible, y mi esposa ya la ha despedido; pero tampoco ahí alcanzo a ver cómo lo averigua.

Soltó una risita para sí y se frotó las manos, largas y nerviosas.

—Es la sencillez misma —dijo—. Mis ojos me dicen que en la cara interior de su zapato izquierdo, justo donde le da el resplandor del fuego, el cuero presenta seis cortes casi paralelos. Es evidente que los ha causado alguien que ha raspado con muy poco cuidado los bordes de la suela para quitarle el barro reseco. De ahí, como ve, mi doble deducción: que había salido usted con un tiempo infame y que tenía un ejemplar particularmente dañino de criada londinense, de esas que rajan las botas. En cuanto a su consulta, si un caballero entra en mis habitaciones oliendo a yodoformo, con una mancha negra de nitrato de plata en el índice derecho y un bulto en el costado derecho de la chistera que delata dónde ha escondido el estetoscopio, tendría que ser muy torpe, en verdad, para no declararlo miembro activo de la profesión médica.

No pude evitar reírme de la facilidad con que explicaba su proceso deductivo. —Cuando le oigo exponer sus razones —comenté—, la cosa siempre me parece tan ridículamente sencilla que yo mismo podría hacerla sin esfuerzo; y, sin embargo, ante cada nuevo ejemplo de sus razonamientos me quedo desconcertado hasta que me explica el proceso. Y eso que creo que mis ojos son tan buenos como los suyos.

—Así es —respondió, encendiendo un cigarrillo y dejándose caer en un sillón—. Usted ve, pero no observa. La diferencia es clara. Por ejemplo, ha visto con frecuencia los escalones que suben del vestíbulo a esta habitación.

—Con frecuencia.

—¿Cuántas veces?

—Pues unos cuantos cientos de veces.

—Entonces, ¿cuántos hay?

—¿Cuántos? No lo sé.

—¡Exacto! No ha observado. Y, sin embargo, ha visto. Ahí está precisamente la cuestión. Pues bien, yo sé que hay diecisiete escalones, porque los he visto y además los he observado. A propósito, ya que le interesan estos pequeños problemas, y ya que tiene la amabilidad de dejar constancia de una o dos de mis modestas experiencias, quizá le interese esto. —Me lanzó una hoja de grueso papel de cartas, teñido de rosa, que había estado abierta sobre la mesa—. Llegó con el último correo —dijo—. Léala en voz alta.

Dentro de Briony Lodge
Dentro de Briony LodgeDisfrazado de clérigo, a Holmes lo llevan en brazos hasta el salón de Irene Adler.

La nota no tenía fecha, ni firma, ni dirección.

«Esta noche, a las ocho menos cuarto —decía—, vendrá a visitarle un caballero que desea consultarle un asunto de la mayor trascendencia. Sus recientes servicios a una de las casas reales de Europa han demostrado que es usted persona a quien sin riesgo pueden confiarse asuntos de una importancia que difícilmente cabría exagerar. Este informe de usted de todas partes hemos recibido. Esté, pues, en su habitación a esa hora, y no tome a mal que su visitante lleve antifaz».

—Esto sí que es un misterio —comenté—. ¿Qué cree usted que significa?

—Aún no tengo datos. Es un error capital teorizar antes de tener datos. Sin darse cuenta, uno empieza a retorcer los hechos para que encajen en las teorías, en lugar de ajustar las teorías a los hechos. Pero vamos a la nota. ¿Qué deduce usted de ella?

Examiné con atención la letra y el papel en que estaba escrita.

—El hombre que la escribió es, presumiblemente, persona acomodada —comenté, esforzándome por imitar los métodos de mi compañero—. Un papel así no se compra por menos de media corona el paquete. Es singularmente fuerte y rígido.

—Singular: esa es justo la palabra —dijo Holmes—. No es en absoluto papel inglés. Póngalo a contraluz.

Así lo hice, y vi una «E» grande con una «g» pequeña, una «P» y una «G» grande con una «t» pequeña, entretejidas en la textura del papel.

—¿Qué saca usted de eso? —preguntó Holmes.

—El nombre del fabricante, sin duda; o, mejor dicho, su monograma.

—Nada de eso. La «G» con la «t» pequeña significa «Gesellschaft», que en alemán quiere decir «Compañía». Es una abreviatura habitual, como nuestra «Cía.». La «P», por supuesto, es de «Papier». Y ahora, la «Eg». Echemos un vistazo a nuestro diccionario geográfico del continente. —Bajó de los estantes un pesado volumen pardo—. Eglow, Eglonitz... Aquí está: Egria. Se encuentra en un país de habla alemana, en Bohemia, no lejos de Carlsbad. «Notable por haber sido escenario de la muerte de Wallenstein, y por sus numerosas fábricas de vidrio y de papel». ¡Ja, ja, muchacho! ¿Qué saca usted de eso? —Le centelleaban los ojos, y lanzó de su cigarrillo una gran nube azul y triunfal.

—El papel se fabricó en Bohemia —dije.

—Exactamente. Y el hombre que escribió la nota es alemán. ¿Se fija en la peculiar construcción de la frase? «Este informe de usted de todas partes hemos recibido». Ni un francés ni un ruso podrían haberla escrito. Es el alemán quien trata con tan poca cortesía a sus verbos. Solo queda, por tanto, descubrir qué quiere este alemán que escribe en papel de Bohemia y prefiere llevar antifaz a mostrar la cara. Y aquí llega, si no me equivoco, para resolver todas nuestras dudas.

Mientras hablaba, se oyó el ruido seco de cascos de caballo y de ruedas que rozaban contra el bordillo, seguido de un fuerte tirón de la campanilla. Holmes soltó un silbido.

La Liga de los Pelirrojos
La Liga de los PelirrojosEn Baker Street, Watson lee el anuncio del periódico que llevó a Jabez Wilson hasta Holmes.

—Un tiro de dos, por el sonido —dijo—. Sí —continuó, echando un vistazo por la ventana—. Una bonita berlina y un par de preciosidades. Ciento cincuenta guineas cada uno. Si este caso no tiene otra cosa, Watson, al menos tiene dinero.

—Creo que será mejor que me vaya, Holmes.

—De ninguna manera, doctor. Quédese donde está. Sin mi Boswell estoy perdido. Y esto promete ser interesante. Sería una lástima perdérselo.

—Pero su cliente...

—No se preocupe por él. Puede que yo necesite su ayuda, y él también. Aquí llega. Siéntese en ese sillón, doctor, y préstenos toda su atención.

Unos pasos lentos y pesados, que se habían oído en la escalera y en el pasillo, se detuvieron justo al otro lado de la puerta. Luego sonó un golpe fuerte y autoritario.

—¡Adelante! —dijo Holmes.

Entró un hombre que difícilmente mediría menos de seis pies y seis pulgadas de estatura, con el pecho y los miembros de un Hércules. Vestía con una riqueza que en Inglaterra se habría tenido por cercana al mal gusto. Gruesas franjas de astracán cruzaban las mangas y la pechera de su levita cruzada, y la capa de un azul intenso que llevaba echada sobre los hombros estaba forrada de seda color de fuego y sujeta al cuello con un broche formado por un único berilo llameante. Unas botas que le llegaban hasta media pantorrilla, rematadas en lo alto con una rica piel parda, completaban la impresión de opulencia bárbara que sugería todo su aspecto. Llevaba en la mano un sombrero de ala ancha, y le cubría la parte superior del rostro, hasta más abajo de los pómulos, un antifaz negro que al parecer acababa de ajustarse en ese mismo instante, pues aún tenía la mano alzada hacia él cuando entró. Por la parte inferior de la cara, parecía un hombre de carácter fuerte, de labio grueso y caído y barbilla larga y recta, que sugería una resolución llevada hasta la obstinación.

—¿Recibió mi nota? —preguntó con voz grave y áspera, y un acento alemán muy marcado—. Le dije que vendría. —Nos miró a uno y a otro, como si no supiera a cuál dirigirse.

—Tome asiento, se lo ruego —dijo Holmes—. Este es mi amigo y colega, el doctor Watson, que de vez en cuando tiene la amabilidad de ayudarme en mis casos. ¿A quién tengo el honor de dirigirme?

—Puede llamarme conde Von Kramm, noble bohemio. Entiendo que este caballero, su amigo, es hombre de honor y discreción, a quien puedo confiar un asunto de la más extrema importancia. Si no es así, preferiría con mucho hablar con usted a solas.

Me levanté para marcharme, pero Holmes me sujetó por la muñeca y me empujó de nuevo a mi asiento. —O los dos, o ninguno —dijo—. Puede usted decir delante de este caballero cuanto pueda decirme a mí.

El conde encogió sus anchos hombros. —Entonces debo empezar —dijo— por obligarlos a ambos a guardar absoluto secreto durante dos años; al cabo de ese tiempo, el asunto no tendrá importancia alguna. Por ahora, no es exagerado decir que es de tal peso que podría influir en la historia de Europa.

—Lo prometo —dijo Holmes.

—Y yo.

—Disculpen este antifaz —prosiguió nuestro extraño visitante—. La augusta persona a quien sirvo desea que su agente les sea desconocido, y confieso desde ahora que el título con que acabo de presentarme no es exactamente el mío.

La banda de lunares
La banda de lunaresHolmes enciende una cerilla y azota el cordón de la campanilla mientras Watson mira.

—Ya lo sabía —dijo Holmes con sequedad.

—Las circunstancias son muy delicadas, y hay que tomar todas las precauciones para sofocar lo que podría convertirse en un escándalo inmenso y comprometer gravemente a una de las familias reinantes de Europa. Hablando con claridad, el asunto atañe a la gran casa de Ormstein, reyes hereditarios de Bohemia.

—También lo sabía —murmuró Holmes, acomodándose en su sillón y cerrando los ojos.

Nuestro visitante contempló con evidente sorpresa la figura lánguida y repantigada del hombre que, sin duda, le habían descrito como el razonador más agudo y el agente más enérgico de Europa. Holmes volvió a abrir los ojos lentamente y miró con impaciencia a su gigantesco cliente.

—Si Su Majestad se dignara exponer su caso —observó—, estaría en mejores condiciones de aconsejarle.

El hombre se levantó de un salto y recorrió la habitación de un lado a otro, presa de una agitación incontrolable. Luego, con un gesto de desesperación, se arrancó el antifaz y lo arrojó al suelo. —Tiene usted razón —exclamó—. Soy el rey. ¿Por qué habría de ocultarlo?

—¿Por qué, en efecto? —murmuró Holmes—. Su Majestad aún no había hablado y yo ya sabía que me dirigía a Wilhelm Gottsreich Sigismond von Ormstein, gran duque de Cassel-Felstein y rey hereditario de Bohemia.

—Pero comprenderá usted —dijo nuestro extraño visitante, sentándose de nuevo y pasándose la mano por la frente, alta y blanca—, comprenderá usted que no estoy acostumbrado a tratar estos asuntos en persona. Sin embargo, la cuestión era tan delicada que no podía confiarla a un agente sin ponerme en su poder. He venido de incógnito desde Praga con el propósito de consultarle.

—Entonces, consulte, se lo ruego —dijo Holmes, cerrando los ojos una vez más.

—Los hechos, en pocas palabras, son estos: hace unos cinco años, durante una larga estancia en Varsovia, conocí a la célebre aventurera Irene Adler. Sin duda el nombre le resultará familiar.

—Tenga la bondad de buscarla en mi índice, doctor —murmuró Holmes sin abrir los ojos. Desde hacía muchos años había adoptado el sistema de archivar todos los recortes relativos a personas y cosas, de modo que era difícil mencionar un tema o una persona sobre los que no pudiera ofrecer información al instante. En este caso encontré su biografía encajada entre la de un rabino hebreo y la de un capitán de fragata que había escrito una monografía sobre los peces de las profundidades.

—¡Veamos! —dijo Holmes—. ¡Hum! Nacida en Nueva Jersey en el año 1858. Contralto... ¡hum! La Scala, ¡hum! Prima donna de la Ópera Imperial de Varsovia... ¡sí! Retirada de los escenarios de ópera... ¡ah! Vive en Londres... ¡exacto! Según entiendo, Su Majestad se enredó con esta joven, le escribió algunas cartas comprometedoras y ahora desea recuperarlas.

—Exactamente. Pero ¿cómo...?

—¿Hubo un matrimonio secreto?

—Ninguno.

—¿Ningún documento legal, ningún certificado?

—Ninguno.

—Entonces no comprendo a Su Majestad. Si esta joven presentara las cartas para chantajearlo o con cualquier otro propósito, ¿cómo iba a demostrar su autenticidad?

—Está la letra.

—¡Bah, bah! Falsificada.

—Mi papel de cartas personal.

—Robado.

—Mi propio sello.

—Imitado.

—Mi fotografía.

—Comprada.

—Los dos salíamos en la fotografía.

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