
Jane Eyre
de Charlotte Brontë1847
Una huérfana sin fortuna, una casa llena de puertas cerradas y un amor que solo aceptará si no tiene que renunciar a sí misma.
Capítulo I
No había posibilidad de dar un paseo aquel día. Por la mañana, en efecto, habíamos estado vagando una hora entre los arbustos deshojados; pero desde la comida (la señora Reed, cuando no tenía invitados, comía temprano), el frío viento invernal había traído consigo nubes tan sombrías y una lluvia tan penetrante que ya no cabía pensar en más ejercicio al aire libre.

Me alegré: nunca me gustaron los paseos largos, sobre todo en las tardes frías; me resultaba espantoso volver a casa en el crepúsculo destemplado, con los dedos de las manos y de los pies entumecidos, y el corazón entristecido por las reprimendas de Bessie, la niñera, y humillado por la conciencia de mi inferioridad física frente a Eliza, John y Georgiana Reed.
Los susodichos Eliza, John y Georgiana se agrupaban ahora en torno a su mamá en el salón: ella estaba recostada en un sofá junto a la chimenea y, rodeada de sus queridos hijos (que por el momento ni reñían ni lloraban), parecía perfectamente feliz. A mí me había dispensado de unirme al grupo, diciendo que «lamentaba verse en la necesidad de mantenerme a distancia; pero que, hasta que Bessie le informara y ella misma pudiera comprobar que yo me esforzaba de veras por adquirir un carácter más sociable y más propio de una niña, unos modales más atractivos y vivarachos —algo más ligero, más franco, más natural, por así decirlo—, se veía realmente obligada a excluirme de los privilegios reservados a los niños pequeños, contentos y felices».
—¿Y qué dice Bessie que he hecho? —pregunté.
—Jane, no me gustan las criticonas ni las preguntonas; además, hay algo verdaderamente odioso en que una niña replique así a sus mayores. Siéntate en algún sitio y, hasta que sepas hablar con amabilidad, quédate callada.

Junto al salón había una salita de desayuno, y me deslicé en ella. Había allí una librería: pronto me hice con un volumen, procurando que fuera uno bien provisto de láminas. Me subí al asiento de la ventana: recogí los pies y me senté con las piernas cruzadas, como un turco; y, tras correr casi del todo la cortina de moaré rojo, quedé recluida en un doble retiro.
Los pliegues del cortinaje escarlata me cerraban la vista a la derecha; a la izquierda estaban los cristales transparentes, que me protegían del lúgubre día de noviembre sin separarme de él. De vez en cuando, mientras pasaba las hojas del libro, observaba el aspecto de aquella tarde de invierno. A lo lejos ofrecía un pálido vacío de niebla y nubes; de cerca, una escena de césped mojado y arbustos azotados por la tormenta, con una lluvia incesante que barría el paisaje en desorden ante una ráfaga larga y lastimera.
Volví a mi libro: la Historia de las aves británicas, de Bewick. Por lo general, el texto impreso me importaba poco; y, sin embargo, había ciertas páginas introductorias que, aun siendo tan niña, no podía pasar por alto como si estuvieran en blanco. Eran las que tratan de los refugios de las aves marinas; de «las rocas y los promontorios solitarios» que solo ellas habitan; de la costa de Noruega, sembrada de islas desde su extremo sur, el Lindeness o Naze, hasta el cabo Norte:
«Donde el océano del Norte, en vastos remolinos, Hierve en torno a las islas desnudas y melancólicas De la remota Tule; y el oleaje del Atlántico Se derrama entre las tormentosas Hébridas.»

Tampoco podía pasar por alto la evocación de las costas desoladas de Laponia, Siberia, Spitsbergen, Nueva Zembla, Islandia y Groenlandia, con «la vasta extensión de la zona ártica y aquellas regiones desamparadas de espacio lúgubre, ese depósito de escarcha y nieve donde sólidos campos de hielo, acumulación de siglos de inviernos, vitrificados en alturas alpinas sobre alturas, rodean el polo y concentran los múltiples rigores del frío extremo». De aquellos reinos de blancura mortal me formé una idea propia: vaga, como todas las nociones a medio comprender que flotan confusas por la mente de los niños, pero extrañamente impresionante. Las palabras de aquellas páginas introductorias se enlazaban con las viñetas que seguían y daban sentido a la roca que se alzaba solitaria en un mar de olas y espuma; a la barca rota varada en una costa desierta; a la luna fría y espectral que asomaba entre franjas de nubes sobre un naufragio a punto de hundirse.
No sabría decir qué sentimiento rondaba el cementerio tan solitario, con su lápida grabada; su verja, sus dos árboles, su horizonte bajo, ceñido por un muro derruido, y su luna creciente recién salida, que daba fe de la hora del anochecer.
Los dos barcos inmovilizados por la calma en un mar aletargado, los tomaba yo por fantasmas marinos.
El demonio que sujetaba por detrás el fardo del ladrón lo pasaba deprisa: era un objeto de terror.
Lo mismo aquella cosa negra y con cuernos, sentada aparte sobre una roca, que contemplaba a lo lejos una multitud reunida en torno a una horca.
Cada lámina contaba una historia, a menudo misteriosa para mi entendimiento sin desarrollar y mis sentimientos imperfectos, pero siempre profundamente interesante: tan interesante como los cuentos que Bessie narraba a veces en las veladas de invierno, cuando por casualidad estaba de buen humor; y cuando, después de traer su mesa de planchar junto al hogar del cuarto de los niños, nos permitía sentarnos a su alrededor y, mientras almidonaba los volantes de encaje de la señora Reed y rizaba los bordes de su gorro de dormir, alimentaba nuestra ávida atención con episodios de amor y aventuras sacados de viejos cuentos de hadas y de antiguas baladas; o (como descubrí más tarde) de las páginas de Pamela y de Henry, conde de Moreland.

Con Bewick sobre las rodillas, yo era feliz entonces: feliz al menos a mi manera. No temía otra cosa que una interrupción, y esta llegó demasiado pronto. Se abrió la puerta de la salita.
—¡Bu! ¡Doña Mohína! —gritó la voz de John Reed; luego se calló: la habitación le pareció vacía.
—¿Dónde diablos se ha metido? —prosiguió—. ¡Lizzy! ¡Georgy! (llamando a sus hermanas). Joan no está aquí: díganle a mamá que se ha escapado bajo la lluvia, ¡la muy bestia!
«Menos mal que corrí la cortina», pensé; y deseé con todas mis fuerzas que no descubriera mi escondite. Tampoco lo habría encontrado John Reed por sí solo, pues no era rápido ni de vista ni de entendimiento; pero Eliza asomó la cabeza por la puerta y dijo enseguida:
—Está en el asiento de la ventana, seguro, Jack.
Y salí inmediatamente, porque temblaba ante la idea de que el susodicho Jack me sacara a rastras.
—¿Qué quieres? —pregunté, con torpe timidez.
—Di: «¿Qué desea, señorito Reed?» —fue la respuesta—. Quiero que vengas aquí. —Y, sentándose en un sillón, me indicó con un gesto que me acercara y me quedara de pie ante él.

John Reed era un colegial de catorce años; cuatro años mayor que yo, pues yo tenía solo diez: grande y corpulento para su edad, con una piel deslucida y enfermiza; facciones toscas en una cara ancha, miembros pesados y manos y pies grandes. Se atiborraba habitualmente en la mesa, lo que lo volvía bilioso y le daba unos ojos apagados y legañosos y unas mejillas fofas. A esas alturas debería haber estado en el colegio; pero su mamá lo había traído a casa durante un mes o dos, «a causa de su delicada salud». El señor Miles, el director, afirmaba que le iría muy bien si le enviaran de casa menos pasteles y golosinas; pero el corazón de la madre rechazaba una opinión tan dura y se inclinaba más bien por la idea, más refinada, de que la palidez amarillenta de John se debía al exceso de estudio y, quizá, a la nostalgia del hogar.
John no sentía mucho cariño por su madre ni por sus hermanas, y a mí me tenía antipatía. Me intimidaba y me castigaba; no dos o tres veces por semana, ni una o dos veces al día, sino continuamente: cada uno de mis nervios lo temía, y cada pedazo de carne de mis huesos se encogía cuando él se acercaba. Había momentos en que me aturdía el terror que me inspiraba, porque no tenía apelación alguna contra sus amenazas ni contra sus castigos; los criados no querían ofender a su joven amo poniéndose de mi parte, y la señora Reed era ciega y sorda en ese asunto: nunca lo veía pegarme ni lo oía insultarme, aunque él hacía ambas cosas de vez en cuando en su misma presencia, si bien con más frecuencia a sus espaldas.
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