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Portada de Cumbres Borrascosas

Cumbres Borrascosas

de Emily Brontë1847

Una casa azotada por el viento, dos generaciones de venganza y un amor tan feroz que todavía ronda los páramos.

Retrato de HeathcliffHeathcliff
Retrato de Catherine EarnshawCatherine
Retrato de Nelly DeanNelly
Retrato de Edgar LintonEdgar
Retrato de Hindley EarnshawHindley
Retrato de Catherine LintonCathy
Retrato de Hareton EarnshawHareton
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Capítulo I

1801. Acabo de volver de una visita a mi casero, el único vecino que habrá de importunarme. ¡Qué comarca tan hermosa, sin duda! No creo que en toda Inglaterra hubiera podido dar con un lugar tan absolutamente apartado del bullicio de la sociedad. Un perfecto paraíso para el misántropo; y el señor Heathcliff y yo formamos la pareja idónea para repartirnos entre los dos esta desolación. ¡Un tipo magnífico! Poco se imaginaba él cuánto se me encendió el corazón a su favor cuando vi que sus ojos negros se replegaban con tanto recelo bajo las cejas al acercarme yo a caballo, y que sus dedos se refugiaban, con celosa determinación, todavía más hondo en el chaleco cuando le anuncié mi nombre.

Un casero en tierra de tormentas
Un casero en tierra de tormentasLockwood cruza el páramo invernal y encuentra a Heathcliff tan cerrado como la vieja casa que lo rodea.

—¿El señor Heathcliff? —dije.

Un gesto de asentimiento fue la respuesta.

—El señor Lockwood, su nuevo inquilino, señor. Me hago el honor de visitarle lo antes posible tras mi llegada para expresarle la esperanza de no haberle causado molestias con mi insistencia en solicitar el arriendo de la Granja de los Tordos. Ayer oí decir que usted había tenido ciertas dudas...

—La Granja de los Tordos es mía, señor —me interrumpió, con una mueca—. Si pudiera evitarlo, no permitiría que nadie me causara molestias... ¡Pase!

Aquel «pase» lo pronunció con los dientes apretados, y expresaba el sentimiento de «¡Váyase al diablo!»; ni siquiera la verja sobre la que se apoyaba hizo movimiento alguno que acompañara a sus palabras, y creo que esa circunstancia me decidió a aceptar la invitación: me interesaba un hombre que parecía aún más exageradamente reservado que yo.

Cuando vio que el pecho de mi caballo empujaba ya de lleno la barrera, alargó por fin la mano para quitarle la cadena, y luego me precedió malhumorado por el camino empedrado, gritando, al entrar en el patio: «Joseph, llévate el caballo del señor Lockwood y sube un poco de vino».

La nieve cierra el camino
La nieve cierra el caminoUna segunda visita deja a Lockwood atrapado entre desconocidos cuyos vínculos no logra desenredar.

«Aquí tenemos, supongo, a toda la servidumbre de la casa», fue la reflexión que me sugirió aquella orden doble. «No es de extrañar que la hierba crezca entre las losas y que el ganado sea el único que poda los setos.»

Joseph era un hombre de edad, o mejor dicho, un viejo, muy viejo quizá, aunque robusto y fibroso. «¡El Señor nos asista!», masculló para sí en un tono de enojo malhumorado mientras se hacía cargo de mi caballo; y entretanto me miraba a la cara con tanta acritud que supuse, caritativamente, que debía de necesitar la ayuda divina para digerir la comida y que su piadosa exclamación nada tenía que ver con mi inesperada llegada.

Cumbres Borrascosas es el nombre de la morada del señor Heathcliff. «Borrascosas» es un adjetivo de la región muy expresivo, que describe el tumulto atmosférico al que está expuesto su emplazamiento cuando hay tormenta. Allá arriba, en efecto, deben de gozar en todo momento de una ventilación pura y tonificante: puede adivinarse la fuerza del viento del norte, que sopla por encima de la loma, por la excesiva inclinación de unos cuantos abetos achaparrados al extremo de la casa, y por una hilera de espinos descarnados que extienden todos sus ramas en la misma dirección, como si mendigaran limosna al sol. Por fortuna, el arquitecto tuvo la previsión de construirla sólida: las estrechas ventanas están hondamente encajadas en el muro, y las esquinas protegidas con grandes piedras salientes.

Antes de cruzar el umbral, me detuve a admirar la profusión de grotescas tallas prodigadas en la fachada, y sobre todo la puerta principal, encima de la cual, entre una maraña de grifos desmoronados y niños pequeños desvergonzados, distinguí la fecha «1500» y el nombre «Hareton Earnshaw». Habría querido hacer algunos comentarios y pedirle al huraño propietario una breve historia del lugar; pero su actitud en la puerta parecía exigir que yo entrara de inmediato o me marchara para siempre, y no tenía ningún deseo de exasperar su impaciencia antes de haber inspeccionado el sanctasanctórum.

Déjame entrar
Déjame entrarEn el viejo cuarto de Catherine Earnshaw, una pesadilla se cuela por la ventana que golpea el viento.

Un solo paso nos llevó a la sala de estar de la familia, sin vestíbulo ni pasillo previos: aquí la llaman, por excelencia, «la casa». Por lo general comprende cocina y salón; pero creo que en Cumbres Borrascosas la cocina se ve obligada a replegarse por completo en otra parte; al menos distinguí, allá dentro, un parloteo de lenguas y un estrépito de utensilios de cocina, y no observé junto a la enorme chimenea indicio alguno de que se asara, se hirviera o se horneara nada, ni brillo alguno de cazos de cobre ni coladores de hojalata en las paredes. Un extremo, eso sí, reflejaba espléndidamente la luz y el calor desde hileras de inmensas fuentes de peltre, entremezcladas con jarras y picheles de plata, que se alzaban fila tras fila sobre un vasto aparador de roble hasta el mismo techo. Este nunca había tenido cielo raso: toda su anatomía quedaba al descubierto ante una mirada curiosa, salvo allí donde la ocultaba un armazón de madera cargado de tortas de avena y de racimos de piernas de vaca, de cordero y de jamones. Sobre la chimenea había varias escopetas viejas de aspecto siniestro y un par de pistolas de arzón y, a modo de adorno, tres botes pintados de colores chillones dispuestos a lo largo de la repisa. El suelo era de piedra blanca y lisa; las sillas, estructuras primitivas de respaldo alto, pintadas de verde, y una o dos negras y pesadas acechaban en la penumbra. En un hueco bajo el aparador reposaba una enorme perra de muestra de color hígado, rodeada de un enjambre de cachorros chillones; y otros perros rondaban otros rincones.

Un expósito llegado de Liverpool
Un expósito llegado de LiverpoolEl señor Earnshaw vuelve con un niño callado en brazos que cambiará para siempre las dos casas.

La estancia y el mobiliario no habrían tenido nada de extraordinario de haber pertenecido a un sencillo granjero del norte, de semblante obstinado y miembros recios que lucían a su favor con calzones hasta la rodilla y polainas. A un individuo así, sentado en su sillón con la jarra de cerveza espumando en la mesa redonda frente a él, puede vérsele en cualquier recorrido de cinco o seis millas por estas colinas, si se va a la hora adecuada después de comer. Pero el señor Heathcliff ofrece un contraste singular con su morada y su modo de vida. Por su aspecto es un gitano de piel morena; por su vestimenta y sus modales, un caballero; es decir, tan caballero como muchos hacendados de provincias: algo desaliñado, quizá, aunque su descuido no le sienta mal, porque tiene una figura erguida y apuesta; y más bien taciturno. Es posible que algunos le atribuyan cierto orgullo propio de una mala crianza; pero hay en mí una cuerda afín que me dice que no se trata de nada semejante: sé por instinto que su reserva nace de una aversión a las ostentosas exhibiciones de sentimiento, a las manifestaciones de afecto mutuo. Amará y odiará por igual a escondidas, y tendrá por una especie de impertinencia que lo amen o lo odien a su vez. No, voy demasiado deprisa: le atribuyo con excesiva generosidad mis propias cualidades. Puede que el señor Heathcliff tenga razones muy distintas de las mías para apartar la mano cuando se cruza con alguien que pretende trabar conocimiento con él. Permítaseme esperar que mi temperamento sea casi único: mi querida madre solía decir que yo nunca tendría un hogar acogedor, y el verano pasado, sin ir más lejos, demostré ser del todo indigno de uno.

El amo de las Cumbres se ha ido
El amo de las Cumbres se ha idoCatherine y Heathcliff velan al señor Earnshaw tras su muerte, sin querer marcharse mientras la casa enmudece.

Mientras disfrutaba de un mes de buen tiempo en la costa, me vi en compañía de una criatura fascinante: una verdadera diosa a mis ojos, mientras no reparó en mí. Yo «nunca le declaré mi amor» de palabra; aun así, si las miradas tienen lenguaje, hasta el más necio habría adivinado que estaba enamorado hasta la médula; ella me entendió al fin y me devolvió la mirada, la más dulce de todas las miradas imaginables. ¿Y qué hice yo? Lo confieso con vergüenza: me encerré gélidamente en mí mismo, como un caracol; a cada mirada me retiraba más frío y más lejos, hasta que por fin la pobre inocente llegó a dudar de sus propios sentidos y, abrumada por la confusión ante su supuesto error, convenció a su mamá de que levantaran el campo.

Por este curioso sesgo de mi carácter me he ganado fama de insensibilidad deliberada; solo yo puedo apreciar cuán inmerecida es.

Tomé asiento en el extremo del hogar opuesto a aquel hacia el que avanzó mi casero, y llené un intervalo de silencio intentando acariciar a la madre canina, que había abandonado su camada y se deslizaba como un lobo hacia la parte trasera de mis piernas, con el belfo levantado y los dientes blancos babeando por darme un mordisco. Mi caricia provocó un largo gruñido gutural.

—Más le vale dejar en paz a la perra —gruñó al unísono el señor Heathcliff, atajando con un puntapié demostraciones más feroces—. No está acostumbrada a que la mimen; no la tenemos de mascota. —Luego, dirigiéndose a grandes zancadas a una puerta lateral, volvió a gritar—: ¡Joseph!

Fin del adelanto

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