
Frankenstein
de Mary Shelley1818
Un muchacho brillante, un libro de alquimia prohibida y el rayo que decide su destino.

Estábamos casi rodeados de hielo, que cercaba el barco por todas partes.
Hacia las dos se disipó la niebla.
Un ser de forma humana, pero de estatura gigantesca, iba sentado en el trineo.
Nos hallábamos, según creíamos, a muchos cientos de millas de tierra firme.

Por la mañana, un trineo llegó a la deriva hasta nosotros sobre un témpano.
Aquí está nuestro capitán; no permitirá que perezca usted en alta mar.
Antes de subir a bordo de su barco…
…¿tendría la bondad de decirme adónde se dirige?
Vamos en un viaje de exploración hacia el polo norte.

Tenía las extremidades casi congeladas y el cuerpo terriblemente demacrado por la fatiga y el sufrimiento.
¿Por qué ha llegado tan lejos sobre el hielo en un vehículo tan extraño?
Para buscar a alguien que huyó de mí.
¿Y el hombre al que perseguía viajaba del mismo modo?
Sí.
Entonces creo que lo hemos visto.

Desde aquel día escrutaba el hielo en busca del trineo que huía del suyo.
Le conté con qué gusto sacrificaría mi fortuna, mi existencia y todas mis esperanzas por mi empresa.
¡Desdichado! ¿Comparte usted mi locura?
¡Escúcheme; deje que le cuente mi historia y arrojará la copa lejos de sus labios!
Extraña y desgarradora debía de ser su historia.

Soy ginebrino de nacimiento.
Beaufort, un amigo arruinado de mi padre, murió y dejó a su hija huérfana y mendiga.
Mi padre acudió a la pobre muchacha como un espíritu protector.
Ella se convirtió en su esposa, y yo, su primogénito, nací en Nápoles.

Junto al lago de Como, mi madre me llevó a visitar la cabaña de un campesino pobre.
Un campesino y su esposa, doblegados por las preocupaciones y el trabajo, compartían una escasa comida con cinco niños hambrientos.
Entre ellos había una niña que atrajo a mi madre mucho más que los demás.
No era hija suya, sino la huérfana de un noble milanés.

Tengo un bonito regalo para mi Victor. Mañana lo tendrá.
Al día siguiente me presentó a Elizabeth como el regalo prometido.
Consideraba a Elizabeth mía: mía para protegerla, amarla y cuidarla.

Elizabeth contemplaba el magnífico aspecto de las cosas.
Yo me deleitaba investigando sus causas.
Mi amigo Henry Clerval nos hacía representar obras de caballeros y de la Mesa Redonda.
Eran los secretos del cielo y de la tierra lo que ansiaba conocer.
Fin del adelanto gratuito

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